Mis Queridos hermanos y amigos,

Francisco de Quevedo.
En los tiempos de Enrique VIII de Inglaterra, existía un oficio muy codiciado y al mismo tiempo, muy apestoso. Ese oficio era, ser el “Cortesano del taburete” o “el Mozo de las heces”… Como lo infiere el título, este individuo era el que, literalmente se encargaba de ayudar al rey cuando hacia sus necesidades fisiológicas. En palabras simples: “El Cortesano le limpiaba el trasero al rey”…
Aunque parece una posición degradante, Enrique VIII confiaba tanto en estos “Cortesanos”, que les llamaba: “Los principales caballeros de la cámara”, pero podríamos preguntarnos: ¿Por qué un hombre tendría tanto empeño y deseo de ocupar el oficio de limpiar el trasero del rey?...
La razón era muy sencilla, ese individuo también se ocupaba de algo muy especial: estaba a cargo del “bolso privado del rey.” Es decir, era el tesorero personal del rey. De hecho, ese individuo prácticamente dirigía la política fiscal de Inglaterra. En otras palabras, ¡ese hombre podía llegar a ser excepcionalmente rico y sobre todo, muy poderoso!

Ser Cortesano del Taburete, aunque suene repulsivo, representaba: majestuosidad, ostentación de riquezas, pero sobre todo, mucho poder. Razón por la que muchas veces, ese puesto se heredaba o se conseguía a través de sobornar a alguien muy cercano al rey.
Me imagino que al leer sobre este oficio, inmediatamente piensas que, es coherente a la práctica que muchos utilizan hoy día en el entramado político y social, pero claro está, este oficio se ha modificado o ha tomado otras características. Ahora se le llama: “adulador servil” o “lisonjero”, y en el sentido más despectivo: “lambón.”

“Cuando se reúnen los aduladores o lambones, el demonio sale a comer.”
La adulación o lisonja es una alabanza exagerada e interesada hecha con estudio de lo que se cree, puede halagar al otro con propósito de ganarse su voluntad para fines interesados...
La adulación rodea a los monarcas y es muy utilizada por los demagogos para su medro personal. Es una práctica que ha sido parte del conductismo humano desde la creación del hombre, y ha sido usada como estratagema para conseguir un provecho a lo largo y ancho del entramado social.

Como dijera el prócer José Martí: “Las palabras deshonran cuando no llevan detrás un corazón limpio y sincero. Las palabras están de más, cuando no fundan, cuando no esclarecen, cuando no atraen, cuando no añaden”.


“Uno puede defenderse de los ataques personales; pero contra los elogios, estamos totalmente indefensos.” Sigmund Freud.
Como es de esperarse, existe cierto tipo de relación de complicidad entre un adulador y un narcisista. Esto debido a que el adulador existe porque existen personas que lo demandan.
En palabras simples: El adulador y el narcisista son la cara y el sello de una misma moneda. El adulador proyecta en otro lo que él mismo desea para sí. Y su objeto de admiración es siempre un ególatra. En otras palabras: “la adulación es una moneda falsa que tiene curso gracias solo a nuestra vanidad.” François de La Rochefoucauld.
Muchas veces, el que adula o usa la lisonja como estrategia, tiene como objetivo, manipular a quien quiere doblegar en voluntad. En esta situación, las frases de exaltación y los gestos de sumisión son falsos. Este tipo de manipulación opera en la conquista amorosa, en los negocios, en la vida laboral, etc. Por tanto, debemos ser cautos… ¡El elogio prepara el terreno para usarnos de algún modo! Y como decía Plutarco: “Muchos hombres cazan a los ignorantes con la adulación.”

También el rey David nos exhorta a tener cuidado de esas palabras dulces que llevan miel a nuestros oídos. “Porque no hay sinceridad en lo que dicen; destrucción son sus entrañas, sepulcro abierto en su garganta; con su lengua hablan lisonjas.” (Salmos 5:9)…
Me imagino que el rey David, se vio asediado por los aduladores, pero no enorgulleció su corazón para no caer postrado en sus estratagemas. Prácticas que, eran muy usadas con propósitos siniestros. Así, lo describe el rey Salomón: “El hombre que adula a su prójimo tiende una red ante sus pasos.” (Proverbios 29:5).

¡Dios los bendiga rica y abundantemente!
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