viernes, 18 de diciembre de 2020

EL ENGAÑO DE LOS PLACERES MOMENTÁNEOS: ¿VALE LA PENA?

Mis queridos amigos y hermanos,


“Trueque inútil que, como exabrupto fraguado, lisonjea el delirio;
Embeleso frágil, con aflicción perenne…

Embeleso frágil, con aflicción perenne…

Plato exquisito a la vista;

Con su aroma seduce el olfato…

Lentejas que usurpan la dignidad y reprimen bendiciones.”

                                    Frank Zorrilla

     En el libro de Génesis, encontramos un suceso peculiar  con una gran enseñanza. Un acontecimiento tan trascendental que podríamos decir que cambió el curso de la historia de la humanidad. Sus protagonistas son Jacob y Esaú, hijos mellizos de Isaac y Rebeca.

  Según Génesis 25:25, Esaú fue el primogénito. En la tradición hebrea, la primogenitura tenía un significado especial: el primogénito recibía una doble porción de la herencia y la bendición paterna, lo que lo convertía en la autoridad dentro de la familia. En otras palabras, ser el primer hijo no solo implicaba precedencia en el nacimiento, sino también una dignidad y superioridad dentro del núcleo familiar.   

     En el relato de Génesis 25:29-34  nos habla del momento en que Esaú, agotado tras un día de caza, llega a casa y, movido por el hambre, acepta un trato impulsivo con su hermano Jacob:  

     “Y guisó Jacob un potaje; y volviendo Esaú del campo, cansado, dijo a Jacob: “Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo, pues estoy muy cansado”. Y Jacob respondió: “Véndeme en este día tu primogenitura”. Entonces dijo Esaú: “He aquí yo me voy a morir; ¿para qué, pues, me servirá la primogenitura?”.  Y dijo Jacob: “júramelo en este día. Y él le juró, y vendió a Jacob su primogenitura quedando sellada su suerte...” 

      ¿Y en qué consistía el guiso?Un simple plato de lentejas con pan, un alimento común tanto en la antigüedad como en la actualidad.

     Este pasaje bíblico es profundamente aleccionador. Por un lado, vemos a un Jacob, hábil, astuto y calculador, que en lugar de compartir su comida, aprovecha la debilidad de su hermano para arrebatarle su derecho de primogenitura. Por otro, encontramos a un Esaú impulsivo, indiferente, carente de visión y sensatez, quien, pese a conocer el valor de su primogenitura, la menosprecia por una necesidad momentánea. Su decisión precipitada cambió su destino y el de su descendencia.  
    
   Tal vez te preguntes: ¿Cómo pudo Esaú, en un acto deliberado, ceder algo tan valioso por algo tan insignificante como  un plato de lentejas?  

     Desafortunadamente, Esaú permitió que sus deseos inmediatos dominaran su juicio. Fue seducido por el aroma, deslumbrado por la apariencia del guiso y cegado por el hambre. Pensó solo en el presente, ignorando las consecuencias futuras. 

     Al leer esta historia, podríamos juzgar a Esaú con dureza y pensar: ¿Cómo puede alguien ser tan necio? Pero si reflexionamos un momento, nos daremos cuenta de que muchos de nosotros actuamos como él. 

     ¿Cuántas veces hemos cambiado nuestras bendiciones por placeres momentáneos? ¿Cuántas veces hemos cedido ante la tentación, intercambiando valores eternos por satisfacciones perennes?

     Sin darnos cuenta, cometemos el mismo error de Esaú cuando nos dejamos seducir por los “platos de lentejas” de la vida: ambiciones efímeras, deseos de la carne, placeres mundanos que parecen inofensivos, pero que nos alejan de lo realmente importante. Como bien dice el apóstol Juan:

      “Porque todo lo que hay en el mundo: los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.” (1 Juan 2:16).
    
      ¿Cuántas veces hemos postergado nuestras bendiciones futuras por un simple trueque con el mundo?  Algunos lo hacen por saciar un vicio, otros por un placer fugaz, por una decisión imprudente, por debilidad de carácter, por una mentalidad precoz, por un desliz... Pero, sin importar la razón, el resultado siempre es el mismo: pérdida, dolor y arrepentimiento.  

     Así como Esaú, vendió su primogenitura, nosotros también podemos perder las bendiciones que Dios tiene para nosotros si no somos cuidadosos. El apóstol Pablo nos exhorta con estas palabras:

   “Digo, pues: andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí.” (Gálatas 5:16-17).

     Es cierto que muchas veces, como pasó con Esaú, hemos pensado en el presente inmediato, pero no en las consecuencias de nuestras decisiones y actos. Nos hemos dejado seducir por los instintos y por el beneplácito que puede ser a nuestros ojos ese apetitoso “plato de lentejas”, pero que al final, no es más que trampa disfrazada.  Pablo mismo enfrentó este dilema cuando exclamó:

 “Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros; esto es, en mi carne.” (Romanos 7:23).
   
     ¿Cuáles son los “platos de lentejas” que el mundo nos ofrece hoy?

      Los mismos que menciona Pablo en su carta a los Gálatas:

      “Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, deserciones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.” (Gálatas 5:19-21).
 
      TODOS, en algún momento, hemos hecho trueque o cambiado bendiciones por un efímero e insignificante “plato de lentejas”, y quizás, así como lo hizo el apóstol Pablo, hemos exclamado: 

“¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”… Hagamos lo mismo que hizo el apóstol Pablo  cuando reconoció su lucha interna y encontró su respuesta en Cristo:

 “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.” (Romanos 7:24-25).

     Nosotros también podemos escoger sabiamente y no caer en la misma trampa. 

     No permitamos que los deseos momentáneos nos priven de las bendiciones eternas. Pensemos en los beneficios que obtendremos si crucificamos la carne con sus pasiones y deseos, en los tesoros que Dios tiene para aquellos que perseveran en su camino. 


¡Dios los bendiga rica y abundantemente!

Frank Zorrilla