lunes, 30 de diciembre de 2024

LA EMOCIÓN DONDE EL ALMA HALLA REFUGIO: LA SUTIL DANZA DEL SER

Mis queridos amigos y hermanos,


      Existe una emoción en el ser humano que es tan subjetiva y compleja que ha dado lugar a interpretaciones con muchas definiciones y aristas. Ya sea que se defina en términos culturales, sociales, científicos, espirituales o en términos generacionales o de pensamientos filosóficos, esta reacción fisiológica del ser humano puede variar de acuerdo a la perspectiva de cada persona. Lo que sí podemos afirmar es que, esta emoción, además de ser compleja y multifacética, al abarcar un gran rango de sentimientos positivos, produce bienestar físico y mental, elevando la frecuencia de vibración a niveles máximos. La emoción a la que hago referencia se llama: “Felicidad.” 


     La felicidad es una de las realidades más buscadas y, a la vez, más escurridizas del ser humano. Es un concepto que trasciende la mera emoción pasajera y se convierte en un anhelo que define la existencia. Tanto la psicología como la Biblia han explorado este tema, ofreciendo perspectivas que, aunque diversas en enfoque, convergen en su profundidad y propósito. 

     ¿Por qué es tan importante vibrar en esa emoción?...

     Porque bajo esa emoción, nuestro cuerpo libera hormonas como la dopamina y la serotonina, lo que reduce el estrés, fortalece el sistema inmune y mejora nuestra salud general. 

     Mentalmente, sentimos más claridad, optimismo y resiliencia, mientras que socialmente somos más empáticos y contactados, además de percibir la vida con mayor sentido y disfrutamos más del presente. 


     La psicología, con su metodología científica, busca desentrañar los mecanismos internos y externos que promueven el bienestar. Por su parte, la Biblia sitúa la felicidad en una dimensión espiritual que trasciende las circunstancias terrenales. Este análisis profundiza en ambos enfoques, resaltando sus convergencias y contrastes. Y es que la búsqueda de la felicidad es una de las aspiraciones más profundas del ser humano. A lo largo de la historia, tanto la psicología como las enseñanzas bíblicas han ofrecido reflexiones sobre qué significa ser feliz y cómo alcanzar este estado. Aunque provienen de diferentes ámbitos, ambos enfoques coinciden en varios puntos esenciales.

     La psicología define la felicidad como un estado subjetivo de bienestar, asociado a emociones positivas, satisfacción con la vida y sentido de propósito. Esta ciencia también enfatiza que la felicidad no depende únicamente de circunstancias externas como riqueza o éxito, sino de factores internos, como la actitud y las elecciones diarias. Desde esta perspectiva, la felicidad no es simplemente la ausencia de tristeza, sino un equilibrio entre el bienestar emocional y el sentido de propósito. Los estudios muestran que prácticas como la gratitud, el altruismo y la meditación consciente tienen un impacto profundo en el bienestar psicológico. Sin embargo, la psicología también reconoce que la felicidad no es absoluta ni permanente, sino dinámica y en constante evolución.   

     Si acudimos a Las Sagradas Escrituras, encontramos que para el salmista David, la felicidad se describe como el resultado de vivir conforme a los principios de Dios: “Bienaventurado el hombre que no anda en consejo de malos, ni se detiene en camino de pecadores.” Aquí, la felicidad es un fruto de la obediencia y la comunión con Dios, simbolizada por un árbol plantado junto a corrientes de agua, siempre fructífero. Salmo 1:1-3.

     Notemos que, la palabra: “felicidad” se asocia frecuentemente en la Biblia con el término “bienaventuranza”, que implica un estado de bendición y plenitud que no depende de las circunstancias externas. Dicho esto, las Bienaventuranzas en Mateo 5 profundizan aún más esta idea expuesta por el salmista, presentando un contraste con las nociones mundanas de felicidad. Jesús declara felices a los pobres en espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos y a los perseguidos por causa de la justicia. Esta felicidad no es inmediata ni superficial, sino que encuentra su raíz en la esperanza de una recompensa eterna.  
    

     Por otro lado, el apóstol
Pablo, en su carta a los Filipenses, enfatiza el gozo en medio de las adversidades como una dimensión más profunda que la felicidad terrenal: “Regocijaos en el Señor siempre.” (Filipenses 4:4). Como podemos notar, este gozo o felicidad no depende de las circunstancias externas, sino de la confianza en el plan de Dios y la esperanza en la vida eterna. Esta felicidad que describe el Apóstol es derivada de una relación con Dios, permaneciendo incluso en medio del sufrimiento, porque se basa en la certeza de su amor y su propósito eterno.  

  

     A pesar de sus diferencias metodológicas, la psicología y la Biblia coinciden en varios aspectos esenciales sobre la felicidad:

1. Relaciones significativas: La psicología subraya la importancia de las conexiones humanas, y la Biblia enfatiza: "amarás a tu prójimo como a ti mismo." (Mateo 22:39).

2. Gratitud: Estudios psicológicos han demostrado que la gratitud mejora el bienestar, mientras que la Biblia nos invita: "Dad gracias en todo, porque esa es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús." (1 Tesalonicenses 5:18).

3. El altruismo: De acuerdo a los estudios psicológicos, contribuye a tener mayor felicidad, y Jesús dijo: “Más bienaventurado (mayor felicidad) es dar que recibir.” (Mateo 20:35).

4. Propósito y significado: Ambos enfoques coinciden en que la felicidad no es un objetivo en sí mismo, sino un resultado de vivir una vida con propósito. La psicología lo describe como encontrar sentido en la vida, mientras que la Biblia señala que "el propósito supremo es glorificar a Dios." (Isaías 43:7).  


     En la intersección de estas dos perspectivas encontramos un llamado a vivir vidas llenas de amor, gratitud y propósito, no solo para nuestro beneficio personal, sino para impactar positivamente a quienes nos rodean. De ese modo, la felicidad, entendida en su totalidad, no se limita a lo emocional ni a lo espiritual. Es un estado que incluye la mente, el cuerpo y el alma, y que encuentra su máxima expresión cuando los aspectos internos y externos de la vida están en armonía.    

     ¿Es posible tener la felicidad plena y absoluta?...

     
      Lastimosamente, ¡No!... Y es que la vida humana, con sus altibajos, dificulta sostener esta emoción permanentemente. 

     Algunas perspectivas sugieren que alcanzar una felicidad Absoluta es improbable o incluso imposible. La gran mayoría de las corrientes (psicológicas, filosóficas, espirituales) coinciden en que la felicidad  Absoluta no es una emoción continua, sino un estado que se experimenta momentáneamente o como resultado de encontrar un propósito, equilibrio social o conexión espiritual. Es decir, la felicidad plena y absoluta es más un ideal que una realidad constante.

     En resumen, desde la perspectiva de la psicología, la felicidad requiere esfuerzo consciente: cultivar hábitos, desarrollar relaciones y encontrar propósito en lo cotidiano. Desde la fe bíblica, la felicidad es un don que se recibe al rendir nuestra voluntad a la de Dios, confiando en su plan eterno y perfecto. No obstante, en última instancia, integrar ambas visiones puede ofrecer una comprensión más rica de la felicidad, como un viaje que abarca tanto la ciencia del bienestar como la espiritualidad del gozo eterno. Esto nos invita a vivir con un corazón agradecido, una mente clara y un espíritu lleno de propósito… 

Y para ti, ¿qué es la felicidad, o cómo la definirías?…



¡Dios los bendiga rica y abundantemente!



Frank Zorrilla

     

lunes, 2 de diciembre de 2024

NUESTRO CEREBRO ESTÁ PROGRAMADO PARA LA HONESTIDAD: MENTIR NOS PUEDE COBRAR LA FACTURA.

Mis queridos amigos y hermanos,


Mentir es un arte que siempre necesita de la verdad como referencia.”


     Sin lugar a dudas, el cuerpo humano es un sistema biológico extraordinariamente afinado. Sin embargo, al igual que el esfuerzo excesivo de una máquina puede provocar su desgaste, forzar el cuerpo más allá de sus límites puede provocar deterioro.


     ¿Sabías que nuestro cerebro está programado para ser honestos, y cuando mentimos creamos altos niveles de cortisol?...


     En un experimento histórico, los científicos de la universidad de Pennsylvania midieron la actividad cerebral de los sujetos cuando se les pedía que mintieran o dijeran la verdad. El experimento consistía en mostrarle a los participantes una carta determinada, y luego se le presentaba otra carta. Los participantes tenían que responder si la carta era la misma, «Sï», o «No». 

  

     Cuando los participantes mentían, mostraban la misma actividad cerebral que cuando decían la verdad, debido a la activación cerebral de recordar la verdad. Sin embargo, también mostraban actividad en dos regiones claves implicadas en el autocontrol. ¡La gente piensa primero en la verdad, pero al mentir, esa verdad se inhibe!

     Esto sugiere que ser veraz es el estado cognitivo de base. Mentir, requiere recursos cognitivos adicionales, lo que aumenta la tensión mental y puede tener consecuencias para la salud porque las redes cerebrales conectadas a nuestro córtex prefrontal dorsolateral (DLPFC) controlan nuestro comportamiento y nuestro pensamiento crítico. 


Córtex prefrontal dorsolateral
     Sin embargo, los recursos de la córtex prefrontal dorsolateral son limitados, es decir, si gastamos energía intentando engañar, en realidad puede haber menos combustible para la resolución de problemas y en el pensamiento creativo.


     Es que una colección de estudios han demostrado que incluso breves períodos de falta de honestidad pueden bastar para disparar los niveles de cortisol («hormona del estrés»). El cortisol prepara al cuerpo para luchar o huir de las amenazas percibidas. Así, cuando una persona miente, su cuerpo reacciona como si se estuviera preparando para las posibles consecuencias de una confrontación o la necesidad de huir. Y son en esos momentos de peligro cuando, la liberación de energía de alto octanaje de cortisol puede ayudar al cuerpo a hacer cosas extraordinarias. No obstante, el ser humano no está hecho para vivir en ese estado día tras día. Con el tiempo, las hormonas del estrés pueden poner a prueba el sistema cardiovascular, aumentar la inflamación y provocar diversas dolencias. Y es que, aunque te asombres o no, según las investigaciones, ¡el cerebro humano está programado para la honestidad, y mentir, nos puede cobrar la factura!

  

     Son tantos los distintos tipos de mentiras. Algunas mentiras pueden inventarse en el momento, como mentir sobre lo que comimos la noche anterior. Otras mentiras pueden elaborarse y memorizarse, como mentir sobre un viaje a las Bahamas que nunca se realizó.

      Eso sí, mientras más importante sea la mentira, mayor será el esfuerzo en la mente y el cuerpo. Es que el hecho de mentir exige que recordemos el contexto de la mentira, sus implicaciones, su objetivo final, a quién le dijimos la mentira y cuándo. Más una vez se conoce la verdad, damos lugar a una escalada a niveles que implican desconfianza y trastornos psicosociales. 


     Los científicos notaron que, las mentiras que requieren un engaño espontáneo para corroborar una mentira anterior activan fuertemente la circunvolución del cíngulo  anterior (ACC), región del cerebro que juega un papel crucial en varias funciones cognitivas y emocionales, como toma de decisiones y autocontrol. Por ejemplo, si te preguntan por qué llegaste tarde e inmediatamente inventas una historia sobre un accidente de tránsito que impidió tu movilidad a pesar de haberte quedado dormido, el ACC trabaja intensamente ya que esta parte del cerebro inhibe nuestra inclinación natural a decir la verdad y requiere energía cognitiva adicional para mantener la mentira, asegurándose que suene creíble y coherente con cualquier pregunta posterior. 


     De igual modo, las situaciones inventadas, como el viaje inventado a las Bahamas, activan significativamente la córtex preprontal dorsolateral y suponen un mayor esfuerzo mental que decir una simple mentira, porque hay que cotejar y asegurarse que la mentira es coherente. 



Ahora bien,
¿por qué mentimos mientras socializamos?…



Mentimos por diversas razones, muchas de las cuales están relacionadas con la psicología y las circunstancias sociales. como por ejemplo:


  • Evitar consecuencias negativas: Para protegernos de castigos, críticas o conflictos. 
  • Proteger a otros: Algunas mentiras, llamadas “piadosas”, se dicen para no herir los sentimientos de alguien.
  • Ganar ventajas: Mentimos para obtener beneficios personales, como en situaciones de trabajo, relaciones o competencia.
  • Preservar una imagen: A menudo mentimos para parecer mejores, más competentes o más interesantes de lo que somos. 
  • Evitar incomodidad: Decimos mentiras para salir de situaciones incómodas o evitar confrontaciones. 
  • Miedo o inseguridad: Mentir puede ser una defensa cuando nos sentimos vulnerables. 
  • Hábito o compulsión: En algunos casos, mentir se convierte en un hábito o incluso en un problema psicológico, como en la mitomanía.

    

     Desde un punto de vista evolutivo, la capacidad de mentir está ligada a nuestra inteligencia social, ya que implica anticipar las reacciones de los demás y manejar información compleja. Sin embargo, sus efectos pueden ser dañinos, dependiendo del contexto y la intención detrás de la mentira.


     Desde una perspectiva espiritual, Las Sagradas Escrituras, nos ofrecen una visión holística que abarca tanto el alma como el cuerpo, guiándonos hacia un equilibrio en nuestras emociones, pensamientos y acciones. Este enfoque integral nos invita a vivir en armonía con la verdad y los principios divinos, reconociendo nuestra conexión con Dios y con los demás. De ahí que la mentira, es una acción que no solo afecta a quienes la reciben, sino también al propio mentiroso. De hecho, algunos textos indican que, mentir daña la relación con Dios, con los demás y con uno mismo. 


     Aquí algunos puntos clave sobre cómo nos afecta mentir según la Biblia: 


  • Afecta nuestra relación con Dios: Dios aborrece la mentira: En Proverbios 6:16-19, la mentira es una de las cosas que Dios detesta. Porque mentir es contrario a Su naturaleza, que es verdad y justicia según lo describe el mismo Jesús: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6)
  • Crea separación espiritual: En Isaías 59:2, se menciona que los pecados, incluida la mentira, nos separan de Dios. Vivir en mentira endurece el corazón hacia Su verdad. 
  • Perjudica nuestra relación con los demás: porque destruye la confianza: La mentira rompe la confianza, la cual es una base fundamental en las relaciones humanas. Efesios 4:25 insta a “hablar la verdad” para mantener la unidad en la comunidad.
  • Causa daño emocional: Las mentiras, aunque parezcan pequeñas, pueden herir profundamente a las personas afectadas, generando dolor, confusión y resentimiento. 
  • Nos afecta personalmente: Engaña al propio mentiroso: En Salmos 34:13-14, se aconseja apartarse del mal y hablar la verdad para tener una vida plena. La mentira puede llevarnos a vivir en una ilusión que nos aleja de nuestra verdadera identidad en Dios.
  • Trae consecuencias negativas: La mentira tiene un efecto boomerang; Gálatas 6:7 advierte que “todo lo que el hombre siembre, eso también segará.” 
  • Crea culpa y ansiedad: Mentir puede generar una carga emocional. En Proverbios 12:22, se menciona que Dios se deleita en quienes son veraces, pero aborrece a los mentirosos. Esta desaprobación divina puede llevar al remordimiento y al estrés. 
  • Impide el crecimiento espiritual: Vivir en la verdad es esencial para la libertad espiritual. La mentira nos esclaviza a un ciclo de falsedad y temor. 


     En palabras simples, La Biblia invita a elegir la verdad, porque esta trae paz, confianza y alineación con los propósitos divinos.


    En resumen, y según el estudio, el engaño tiene un precio considerable en nuestra salud física como emocional, mientras que ser sinceros nos permite despreocuparnos, confiar y libertarnos de la ansiedad. Como dijo el gran Maestro: “Y conocerás la verdad y la verdad os hará libre.” (Juan 8:32)



¡Dios los bendiga rica y abundantemente!



Frank Zorrilla

     

lunes, 11 de noviembre de 2024

LAS RELACIONES INFLUYENTES NO SOLO TE GARANTIZAN ÉXITO, TAMBIÉN PUEDES GANAR EL PARAÍSO...

Mis queridos amigos y hermanos,


     

     Existe una reflexión de Arthur Laffer que dice: “No es lo que sabes, sino a quién conoces.”  Sin embargo, podemos ampliar esta idea para darle un mayor alcance.  Muchas veces, para alcanzar una posición de relevancia o un estatus privilegiado, no basta con nuestra capacidad intelectual o profesional… 
¡No se trata únicamente de nuestros atributos personales o de nuestra vasta experiencia, sino más bien de a quién conocemos y qué tipo de relación tenemos con esa persona influyente!

     No es un secreto que, en el mundo de los negocios o en la vida profesional, sin importar el ámbito, el éxito depende en gran medida en nuestra habilidad para construir relaciones con personas que pueden ayudarnos a sobresalir. Sin duda, cultivar relaciones nos otorga un valor agregado a largo plazo.

     Lamentablemente, muchas personas confían únicamente en su conocimiento y en el dominio de su oficio como su única fuente de éxito. Invierten tiempo y esfuerzo en su formación técnica y especializada con la esperanza de alcanzar una posición relevante, o quizás, escalar en el ámbito social o  económico. No obstante, a pesar de su capacidad, talento y credenciales, sus aspiraciones se ven frustradas por la ausencia de un "Padrino." Alguien con influencia que les abra las puertas.  

     Un viejo compañero de estudios me contó una anécdota sobre un joven que visitó a su amigo rico. El padre de su amigo era el gerente general de la quinta compañía más grande del mundo. El joven, ansioso por recibir consejos sobre cómo triunfar en el mundo empresarial, le preguntó al hombre cuál había sido su estrategia para alcanzar ese puesto tan importante.     

El padre del amigo le respondió con franqueza: 
-«Hijo, descubrirás que el éxito está en las relaciones.»

     El joven, esperando una  respuesta más elaborada, creyó que debía haber un secreto más concreto para alcanzar el éxito. 

    Más adelante, mientras disfrutaban de la velada, volvió a preguntar: 

«Señor, tiene usted una magnífica propiedad y un gran estilo de vida. ¿Qué consejo le daría a un joven que desea prosperar?»

     Esta vez, el hombre respondió con cierta impaciencia:

-«El éxito radica en las relaciones que construyas a lo largo de tu vida. Se trata de las personas que conoces y de las que te conocen. Piensa en ello y te irá bien.» 

     Al final de la cena, aún inquieto y esperando con ganas una fórmula secreta, el joven preguntó por tercera vez:
«Señor, ¿podría ser más directo y compartir conmigo el verdadero secreto de su éxito?»

     Visiblemente molesto, el hombre le contestó:

-«Muchacho, me has preguntado lo mismo tres veces. Si fueras mi empleado, te habría despedido a la segunda, pero como eres amigo de mi hijo, te responderé una vez más:  todo es cuestión de relaciones.  No es sólo a quién conoces, sino qué tipo de relación construyes con esas personas influyentes. Es cómo te ven y cómo te presentas ante ellos. ‘Tú escribes tu propia historia a través de tus acciones, la calidad, profundidad y autenticidad de tus relaciones. Tu historia puede ser la razón por la que alguien decida hacer negocios contigo o recomendarte a otro.  Las relaciones lo son todo, pero, al parecer, no quieres escuchar eso.»    

     Me imagino que el joven aprendió una lección que nunca olvidaría. 

     Lo curioso es que, aunque este muchacho ignoraba o desconocía esta "fórmula secreta" sobre la importancia de las relaciones con personas influyentes, esta práctica ha sido efectiva desde la génesis del hombre sobre la faz de la Tierra. De hecho, incluso para alcanzar “la eternidad” o el muy anhelado y codiciado “paraíso celestial” meta de todo creyente de la fe cristiana. 
     ¿Lo dudas?… Déjame contarte una historia…

     Hace más de dos mil años existió un personaje muy particular. No se destacó por su talento, inteligencia, ni pensar en su calidad humana. No fue un héroe de batallas épicas ni un líder social preocupado por los desposeídos de la época. En realidad, era un simple “ratero.” Un delincuente que vivió al margen de la ley. Su oficio consistía en cometer tropelías, saqueos, ser inquilino de las cárceles, y quizás hasta llegó a asesinar personas. Según algunos escritos apócrifos, este personaje tan especial tenía por nombre: “Dimas.”


     ¿Qué hace especial a este personaje tan pintoresco?…

  

     A pesar de haber llevar una vida criminal, actuando fuera de la ley, recibió la promesa más valiosa: la salvación y el galardón de la eternidad. Su historia fue registrada por testigos presenciales, y Lucas, un médico de la época, la plasmó en el libro canónico que lleva su nombre en las Sagradas Escrituras


     El relato bíblico narra que, mientras Jesús estaba clavado en la cruz, este malhechor, que al principio se burlaba de Él, se arrepintió.  Al escuchar la irreverencia e injuria del otro ladrón crucificado, lo reprendió diciendo:

¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación?… Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; más este ningún mal hizo." 


     Entonces, con humildad, le dijo a Jesús:

 «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.»… (Lucas 23:39-42).

  

     Solo unas pocas palabras de este “forajido de profesión” bastaron para recibir la mayor promesa de salvación. Jesús escuchó su súplica, y extendió una invitación que muchos desearíamos escuchar:
«De cierto te digo hoy, que estarás conmigo en el paraíso.» (Lucas 23:43).  

     Desde ese preciso instante, su historial delictivo dejó de importar. Jesús, con la autoridad que le fue dada por el Padre, tenía el poder de otorgarle el acceso al paraíso celestial.

 Porque así como mi Padre hace que los muertos vuelvan a vivir, así también yo le doy vida a quien quiero. Y mi Padre no juzga a nadie. Es a mí, que soy su Hijo, a quien le ha dado ese poder, para que todos me honren como lo honran a él.” (Juan 5:21-30).


     Indiscutiblemente, este “delincuente común” no fue salvo por sus méritos, ni por su encarnizada lucha predicando el evangelio. No fue un líder espiritual ni un defensor de la fe. No tenía credenciales religiosas, pero su encuentro con el dador de la vida, y la nobleza de un corazón compungido y arrepentido fueron suficientes para recibir la invitación celestial

  

     Si algunas vez pensamos que, al partir de este mundo, seremos invitados al paraíso celestial por nuestros propios esfuerzos, estamos equivocados. La salvación o el paraíso celestial no se obtiene por nuestras obras, nuestra fe,  nuestra afiliación a una doctrina, nuestro bautismo o por haber hecho la primera comunión. No será por nuestra filantropía o  por las magnánimas obras terrenales, por haber sido grandes líderes espirituales. Solo podremos entrar en el paraíso celestial, si Jesús nos invita, si Él nos concede el perdón. 

    

     Imaginemos por un momento a “Dimas, el malhechor” en el paraíso celestial, ante las miradas atónitas y desconcertadas de los apóstoles, ancianos y hasta de los mismos ángeles… Buscan en los registros celestiales, descubren su larga carrera delictiva en la Tierra. Que nunca perteneció a una iglesia, nunca fue bautizado, nunca recibió estudio bíblico, nunca diezmó, nunca fue azotado ni perseguido por predicar el evangelio. Sin embargo, está allí, como un invitado especial. Imagino que la curiosidad de los apóstoles, ancianos y mártires de la fe, los impulsará a preguntar: 
¿Qué haces aquí?, ¿Quién te dejó pasar?… ¿Creemos que estás en el lugar equivocado?…¿Cómo lograste eludir la seguridad?… 

Solo imagino a Divas, el ladrón, decir con voz sosegada y tranquila: 
«¡No tengo idea, pero el Señor que estaba crucificado junto a mí  me dijo: “que hoy estaría aquí con Él.”»

     Indudablemente, las relaciones con personas influyentes pueden ser cruciales para alcanzar nuestras metas terrenales, y, al igual que en el caso de Dimas, también pueden determinar nuestro destino eterno: la invitación al paraíso celestial. Como dice el proverbio:
"Camina con sabios y te harás sabio; júntate con necios y te meterás en dificultades.” (Proverbios 12:26)

     Esta enseñanza se complementa con la filosofía de Brian Tracy
“El 85% de nuestro éxito en la vida depende de la calidad y cantidad de relaciones interpersonales que construyamos con personas influyentes.” 

     Y sobre todo, con las palabras de Jesús:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino es por mí.” (Juan 14:6)


     “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, yo le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado con mi Padre en su trono.” (Apocalipsis 3:20-21)… 


     Después de esta promesa, el apóstol Juan nos deja una advertencia:

 “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” (Apocalipsis 3:22). 



 ¡Dios los bendiga rica y abundantemente!


Frank Zorrilla