jueves, 3 de octubre de 2013

“LA DELINCUENCIA JUVENIL: Una Herida Moral que Revela el Vacío Espiritual de Nuestra Sociedad."


Mis queridos amigos y hermanos,


       Más que un juicio, este artículo es un llamado urgente a la reflexión. Una tragedia silenciosa devora a nuestra generación: una sombra que se expande calle por calle, barrio por barrio, nación por nación. Es la destrucción espiritual de nuestra juventud. Mientras los titulares fríos normalizan lo inconcebible —"Joven asesinado en disputa de pandillas", "Adolescente detenido por homicidio", "Menor atrapado en red de narcotráfico"—, consumimos el dolor y la tragedia como entretenimiento fugaz. Y en medio de tanta indiferencia, el cielo llora

      El filósofo Jiddu Krishnamurti advertía:

     "No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma."

      Y es que, adaptarse a una sociedad enferma solo perpetúa la violencia y la indiferencia moral.

     Evidentemente, vivimos en una sociedad hipermediatizada, donde todo acontecimiento es reproducido, ampliado y manipulado por los medios de comunicación, que buscan tocar la fibra más sensible de su audiencia. Por otro lado, escuchamos discursos icónicos y lingüísticos que narran hechos delictivos y la aparición de problemas sociales que se escapan al control de los poderes establecidos; lo que cuestiona, en parte, la eficacia y funcionamiento del Estado y de las instituciones encargadas de mantener la seguridad y la paz social.

     Estamos repletos de estadísticas, pero hemos dejado de ver las almas que hay detrás de ellas. No son números; es un drama humano que desgarra el corazón: son hijos sin padres, corazones sin esperanza, vidas sin propósito. Jóvenes que nacieron para soñar...pero aprendieron a sobrevivir. La calle se convirtió en su escuela, la violencia en su idioma, el odio en su escudo.

     Jean-Paul Sartre escribió una vez: "El infierno son los otros." Pero la verdad es que el infierno se instala cuando el amor desaparece.

     Y eso es lo que está ocurriendo. El amor se ha enfriado, la familia se ha roto, la moral ha sido enterrada y Dios ha sido expulsado del corazón humano. Nadie quiere decirlo, pero la raíz de este problema no es política ni económica. Es espiritual. No estamos frente a jóvenes malos: estamos frente a jóvenes sin guía, sin identidad y, sobre todo, sin verdad. 

     La Biblia lo advirtió hace siglos:

     "Hay camino que al hombre le parece derecho, pero su fin es camino de muerte." (Proverbios 14:12)

     Mientras la sociedad fabrica cárceles, descuida hogares. Mientras promueve derechos vacíos, abandona responsabilidades eternas. Mientras presume tecnología, olvida la sabiduría. Y así, una generación entera está siendo sacrificada en el altar del egoísmo y la indiferencia

     ¿Qué está ocurriendo con nuestra juventud? ¿Por qué adolescentes y jóvenes, en plena flor de la vida, eligen caminos oscuros que los conducen al crimen, al odio, a las adicciones y a la autodestrucción?

     La Sociología, la psicología y la criminología han intentado explicar este fenómeno desde múltiples ángulos. Sin embargo, reducir la delincuencia juvenil a factores sociales o familiares es insuficiente. Hay una raíz más profunda.

      Friedrich Nietzsche, crítico de los valores tradicionales, afirmaba:

     "Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado."

     Y la Biblia nos recuerda la importancia de la guía espiritual:

     "Donde no hay visión, el pueblo perece." (Proverbios 29:18)

      La juventud se enfrenta a estímulos que distorsionan la percepción del bien y del mal, moldeando comportamientos antisociales.
       
     No necesariamente encontraremos la fórmula perfecta para erradicar la conducta antisocial o la rebeldía que impulsa a los jóvenes a delinquir. El problema es más complejo; se trata de un asunto intrincado que sigue un patrón perverso y que exige un entendimiento minucioso y profundo, tanto desde una perspectiva espiritual como, y esto es innegable, desde sus dimensiones sociales y psicológicas.

       Desde el punto de vista sociológico, existen, por supuesto, aspectos jurídicos que la sociedad define como “delincuencia”. Este concepto surge cuando se transgreden las normas y reglas establecidas. Según los expertos en psicología, la transgresión de estas reglas no obedece tanto a fenómenos o criterios externos, sino más bien a diversos factores psíquicos que inciden en la conducta delictiva de los jóvenes.
   
     1- Predisposición de la personalidad.

     La delincuencia latente se manifiesta desde la infancia según la relación del niño con sus padres o tutores. La falta de afecto, conflictos familiares o hogares disfuncionales generan una base emocional inestable. El desdén de los padres en facilitar y aceptar cierto tipo de comportamiento pueden despertar gran ansiedad en el niño e interferir negativamente en su desarrollo emocional.

     "El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; más el que lo ama, desde temprano lo corrige." (Proverbios 13:24)
  
     La corrección temprana, aplicada con amor, fortalece la moral y la integridad del niño.

     2- Influencias sociales y familiares.

 Durante la adolescencia, la presión de los padres y la ausencia de supervisión parental pueden convertir la delincuencia latente en manifiesta. Música, videojuegos violentos y medios culturales actúan como catalizadores de conductas destructivas. 

     Albert Camus decía:

     "El absurdo nace de esta confrontación entre el hombre y el mundo que no tiene sentido."

     Sin propósito ni dirección, muchos jóvenes buscan llenar el vacío espiritual con conductas destructivas.

     3- La ausencia de guía espiritual

      La adolescencia es crítica. La falta de orientación moral y espiritual hace a los jóvenes vulnerables al delito. La ausencia de uno de los padres, negligencia afectiva o abandono emocional incrementa la propensión al crimen.

      “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.” (Efesios 6:4).
 
     Sin principios espirituales, los jóvenes quedan sin brújula ética a merced de sus propias heridas no sanadas, la presión del grupo y la búsqueda desesperada de pertenencia, incluso en entornos que los destruyen.

        Así lo expresó el psicólogo moralista cristiano Fiódor Dostoievski al criticar abiertamente el pensamiento nihilista  y al racionalismo radical.

     "Si Dios no existe, todo está permitido."  

      Mientras Nietzsche, al decir "Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado," explora la ausencia de Dios como un acto humano y propone llenar ese vacío con una moral más allá de los conceptos cristianos, Dostoievski, por el contrario, señala el abismo moral que se abre con la ausencia de Dios. Él se preguntaba: «Sin Dios, ¿Qué nos impide convertirnos en monstruos?»

     4- Factores culturales y educativos.

     Las influencias culturales nocivas: películas que glorifican la violencia, música que promueve el odio, el consumo de drogas, una creciente apatía hacia los valores morales, una educación deficiente y falta de principios espirituales. Este conjunto de factores crea un ecosistema propicio para la formación de jóvenes antisociales, quienes, como “drones antisociales,” dispersan energía destructiva sin ser plenamente conscientes del daño que causan.


      Todos sabemos que la delincuencia juvenil afecta a la sociedad en su conjunto. Sin embargo, aunque las malas políticas gubernamentales tienen su parte de responsabilidad, no podemos culpar únicamente a los gobiernos ni esperar soluciones rápidas mediante operativos policiales. Las cárceles no son la respuesta: sin transformación moral y espiritual, solo servirán para reforzar la conducta delictiva.

     El hogar y la iglesia son los principales ámbitos de formación moral. Orientación temprana, disciplina amorosa y educación en valores son fundamentales.

“Instruye al niño en su camino y cuando sea viejo no se apartará de él. (Proverbios 22:6).

     
     La iglesia puede generar cambios mediante programas deportivos, artísticos, talleres de formación ética y acompañamiento a adolescentes en riesgo. Esto previene la violencia y fomenta propósito y esperanza. 


     ¿Y nosotros que hacemos?- ¿Quedarnos de brazos cruzados?

     Es necesario una estrategia integral que involucre escuelas, iglesias y entidades privadas. Los padres deben guiar a sus hijos; los adolescentes comprender las consecuencias de sus actos; y la comunidad colaborar activamente.

     Emil Cioran escribió:

     "El hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es."

     La indiferencia social y el vacío existencial explican parte de la violencia. La transformación es posible cuando se siembra guía, disciplina y amor espiritual.

     La delincuencia juvenil es una herida moral que refleja el vacío espiritual de nuestra sociedad. No se trata solo de castigar, sino de formar, educar y guiar. La acción conjunta de familias, iglesias y comunidades puede revertir esta tendencia y ofrecer a los jóvenes un propósito verdadero y sólido.

     No es una una fantasía afirmar que la sociedad está en crisis, y que cada vez resulta más difícil frenar la espiral destructiva de su propia decadencia. 

      “Existen seres creciendo allí afuera, cultivados en el barro y el lodo, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles; y como un monstruo se abren paso en todos los rincones de las sociedades marginadas. Ese monstruo crece paulatinamente y será el fantasma que hará temblar a la sociedad organizada.”

     Debemos preguntarnos:

     ¿Qué puedo hacer para contribuir a la formación de los jóvenes? ¿Cómo puedo ser agente de cambio en mi comunidad?

     Solo con acción consciente y orientación espiritual podremos sembrar esperanza donde hoy hay vacío y construir una sociedad más justa y estable.


¡Que Dios los bendiga rica y abundantemente!


Frank Zorrilla








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