lunes, 20 de marzo de 2023

LA NEUROPLASTICIDAD, EL MUNDO ANALÍTICO Y EL CONTROL DE LAS EMOCIONES

Mis queridos amigos y hermanos,


    


“Si no preguntas, la respuesta siempre será: ¡No!… Si no das un paso hacia adelante, siempre estarás en el mismo lugar.”


     Como seres que convivimos en sociedad y al no poseer la capacidad de omnisciencia, nos veremos en la necesidad de hacer preguntas para satisfacer nuestras interrogantes o disminuir nuestra ignorancia. Desde nuestros primeros años de desarrollo socioemocional, comenzamos a descubrir el mundo que nos rodea y llegamos a una etapa esencial del desarrollo interpersonal donde las preguntas son inevitables para nuestro proceso de aprendizaje. A través de ellas, entendemos nuestro entorno y comprendemos circunstancias que pueden afectarnos tanto positiva como negativamente. 


     Existen personas que  preguntan porque no cuentan con todas las piezas para comprender un evento o establecer una relación coherente con una situación determinada; otras, en cambio, lo hacen para presumir una famélica sabiduría procesada en su propia lógica de pensamiento... No obstante, la acción de preguntar mejora la comunicación, tanto en el ámbito familiar, como laboral, fomentando un ambiente de reflexión que permite intercambiar ideas, buscar soluciones sostenibles e impulsar la innovación, la creatividad, la confianza y la afinidad entre individuos y grupos. 

    

     Cuando no preguntamos, abrimos las puertas a la imaginación, la conjetura y  la suposición, y una vez que cruzamos ese umbral, nos situamos en el gran salón de la inseguridad y  la desconfianza. Por lo tanto, como bien señala la cita: “Si no preguntamos, la respuesta siempre será: ¡No!


     Ahora bien, como seres condicionados, siempre estamos en la expectativa de respuestas que nos satisfagan, especialmente en aquellas interrogantes que generan incertidumbre o están relacionadas con nuestro bienestar. Esto se debe a que fuimos creados bajo un diseño especial: para disfrutar la vida a plenitud, vivir con gozo y regocijo. “Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.” (Génesis 1:31). No es casualidad que nuestro sistema endocrino, ese gran laboratorio químico, produzca cuatro neurotransmisores conocidos como el “cuarteto de la felicidad”:  endorfina, serotonina, dopamina y la oxitocina.  


         Estas sustancias se liberan en respuesta a estímulos positivos y cumplen funciones especificas. Las endorfinas, comparadas con un cóctel de drogas inocuas, son segregadas en el hipotálamo y la hipófisis, generando sensaciones placenteras y de bienestar. La serotonina regula la ansiedad, mejora el estado de ánimo y proporciona sensación de felicidad. La dopamina estimula las funciones sociales y la actividad cardiaca. La oxitocina, por su parte, influye en los vínculos afectivos la conducta social. ¡Cuánto nos gustaría estar siempre estimulados positivamente  y vivir en constante alegría y regocijo!... 

    

     Desafortunadamente, la vida nos enfrenta a situaciones adversas que limitan nuestro gozo y felicidad. Cuando experimentamos angustia, estrés o recibimos respuestas desalentadoras, nuestra condición psíquica y biológica sufre alteraciones drásticas. 


    “Entonces el Señor Dios dijo: He aquí, el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal;(..).” Génesis 3:22.

  

     El conocimiento del bien y el mal trajo consigo frustración, dolor y angustia. Adán y Eva, aunque experimentaron felicidad y recibieron bendiciones, también enfrentaron conflictos, dudas y miedos. De hecho, según el relato bíblico, la primera emoción que sintió el hombre al independizarse de su Creador fue el “miedo”, seguido del impulso de escape.


     “Y él respondió: Te oí en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí.” (Génesis 3:10).


     No obstante, nuestro  Diseñador no dejó nada al azar. Al saber que el hombre sería independiente tras desobedecer, creó en él un mecanismo de supervivencia para mantenerlo en alerta. Así, el sistema neuroendocrino libera hormonas del estrés como el cortisol, glucagón, adrenalina y prolactina, encargadas de activar la reacción de “agresión o escape ante situaciones de peligro o desagrado. Esta reacción, medida por la amígdala, suele producirse de manera involuntaria, respondiendo a nuestro instinto de supervivencia. 

     

     Cuando usamos nuestra mente analítica, las respuestas que no coinciden con nuestras expectativas pueden desanimarnos y generar estrés, lo que incrementa la producción de cortisol y da paso a emociones negativas que a su vez generan reacciones inconscientes y hasta violentas. Ese tipo de reacción corresponde a una reacción involuntaria siguiendo un patrón de conducta aprendido o programación mental predecible: ¡No me gusta!, ¡no me agrada!...   


     “¡Guarda tu espada!- le ordenó Jesús- El que mata a espada, a espada perecerá.” (Mateo 26:52). 

  

     La reacción de Pedro al ver el ultraje contra su Maestro y Mesías, fue impulsiva y violenta. En su soberbia, Pedro no pensó en las consecuencias nefastas que su acción rebelde podría haberle causado al resto de sus compañeros. Sin embargo, Jesús lo corrigió de inmediato, enseñando que Ante el caos y el desorden, la paz debe prevalecer. Como bien expresó el salmista David: “Domina tu enojo, reprime tu ira; no te exasperes, no sea que obres mal…” (Salmo 37:8).


     ¿Estamos Preparados para recibir respuestas o reacciones contrarias a nuestras expectativas, incluso si provienen del Creador?… 

    

     En honor a la verdad, el ser humano suele aceptar solo aquellas repuestas que satisfacen su ego, rechazando tajantemente las que desafían su lógica; aún esas respuestas procedan del Eterno. 


     En la Biblia, encontramos varios ejemplos en los que Dios niega peticiones de sus fieles. Un caso particular es el del apóstol Pablo, quien padecía una condición hasta ahora desconocida, que le causaba sufrimiento. A pesar de pedir insistentemente su sanidad, Dios no accedió a su petición. No obstante, y al tratarse de la figura más relevante de la expansión del cristianismo entre los gentiles, creeríamos que Dios complacería su petición, pero no fue así, Pablo no recibió sanidad… Sin embargo, la respuesta de Dios no fue un estorbo para que Pablo terminara su misión.  


     “Respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor que quite de mí ese aguijón de mi carne. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad.” (2 Corintios 12:8-9).

    

     A pesar de la negativa,  Pablo no se desanimó, sino que encontró fortaleza y transformó su visión, aceptando su condición. 

“Por lo tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.” (2 Corintios 12:9)


     En resumidas cuentas, somos el resultado genético de mentes retrógradas, y el síndrome de Caín todavía circula en nuestro ADN pecaminoso. Y solo aquel que puede desarrollar la capacidad para controlar las emociones, puede asimilar los procesos negativos que afectarán y lastimarán su ego.


     ¿Es posible controlar las emociones?... 

     

     Estudios científicos han demostrado que, la neuroplasticidad, o adaptabilidad del cerebro en función de nuevas experiencias nos permite aceptar nuevos procesos y cambiar nuestra forma de reaccionar ante la adversidad. En otras palabras, el modelo antiguo de enfrentar nuestra realidad de “causa y efecto” puede ser cambiado para dejar de ser seres circunstanciales, es decir, no permitir que los estímulos gobiernen nuestras acciones por las circunstancias. 


     El apóstol Pablo es el vivo ejemplo de esa neuroplasticidad cerebral a la que se refiere la ciencia. "Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte." (2 Corintios 12:10) y aunque consideremos que quizás no podamos alcanzar esa capacidad neuroplástica, meditemos por un instante en las palabras del apóstol. “Para todas las cosas, tengo la fuerza en virtud de aquel que me imparte poder.” (Filipenses 4:13)


¡Dios los bendiga rica y abundantemente!


Frank Zorrilla


viernes, 28 de octubre de 2022

EL PODER DE LA COMPAÑÍA: UNA NECESIDAD HUMANA Y ESPIRITUAL

Mis queridos hermanos y amigos,


     “La soledad se admira y desea cuando no se sufre, pero la 
necesidad humana de compartir cosas es evidente.”
 
Carmen Martín Gaite



     Ninguna persona fue creada para vivir en soledad, sino para relacionarse con los demás y disfrutar de su compañía. ¡Somos seres sociables por naturaleza!… Por lo tanto, es un gran error pensar que los seres humanos no necesitamos a nadie. ¡Al contrario! El compañerismo y la amistad son esenciales para vivir en plenitud.

      ¿Cuántas veces deseamos estar a solas para encontrarnos con nosotros mismos? 

Sin embargo, una vez superamos esa crisis existencial, la necesidad de compartir con los demás renace, como una flor en primavera. Como dijo el  poeta español Gustavo Adolfo Bécquer: 

“La soledad es muy hermosa…cuando se tiene alguien a quien decírselo.”

     ¿Sabías que vivir en soledad, representa un riesgo para la salud mental?…

     Un estudio del Instituto de Salud Ocupacional de Finlandia reveló que las personas en edad laboral que viven solas tienen un 80% de probabilidad de sufrir depresión que aquellas que viven en el seno de una familia o acompañadas.   

     Además, se descubrió que quienes viven solos compran un 80% más de antidepresivos en comparación con quienes tienen compañía. “Nada se puede hacer en soledad."  Pablo Picasso.     

     La Dra. Lura Pulkki-Raback, líder de la investigación, aseguró que el riesgo real de sufrir problemas mentales en quienes viven solos podría ser incluso mayor de lo que reflejan las estadísticas. 

     Los psicólogos y terapistas en el área de salud mental coinciden en que el apoyo emocional y el sentido de integración social protegen contra los trastornos mentales. Por esta razón, quienes esto se aíslan en busca de soledad tienden a deteriorar su bienestar emocional a medida que el aislamiento se prolonga. Como bien dijo Marilyn Monroe: “Vivir sola es como estar en una fiesta donde nadie te hace caso.”

     Ahora bien, ¿el aislamiento solo afecta la parte emocional?… 

     En realidad, la soledad impacta tanto nuestra salud mental como nuestro bienestar físico. Las emociones,  ya sea miedo, tristeza, alegría, vergüenza, envidia, felicidad o sorpresa, generan respuestas físicas en nuestro cuerpo. Así, el aislamiento no solo nos entristece, sino también puede afectar nuestra salud de manera tangible.   

      Si Dios, en su excelsa e infinita sabiduría y majestad creó orden y cooperación en el mundo animal- donde existe cooperación mutua, además del mutualismo o simbiosis; esto es, la asociación de especies diferentes que se ayudan mutuamente para beneficiarse o sobrevivir- ¿Cómo iba a ser el ser humano la excepción?  

     Desde el principio,Dios estableció que la ayuda idónea o compañía emocional y física del hombre era una necesidad. Al crear Dios al hombre y ponerlo como mayordomo de todo lo creado, pudo haber permitido que conviviera solo con el reino animal y vegetal. Sin embargo, consideró que debía crear a otro ser similar para que éste no se sintiese solo. 

“Y dijo Jehová Dios: “No es bueno que el hombre esté solo.” Génesis 2:18.  

     Este versículo nos deja claro que el diseño humano incluye la necesidad de relacionarnos con otros. ¡Tal vez por eso la soledad nos golpea con tanta fuerza!

     El Dios que adoramos, es un Dios de relación y comunidad. Eso es algo evidente de su propia naturaleza. Él es la Trinidad- tres en uno; Dios el Padre, Dios el Hijo, Dios el Espíritu Santo.    

     Dios mismo es un ser de relación y comunidad. Su naturaleza trinitaria- Padre, Hijo y Espiritu Santo- muestra la importancia de la conexión y el compañerismo.

      En las Sagradas Escrituras, encontramos muchos ejemplos de personas que, aún a pesar de estar rodeadas de otros, experimentaron soledad. El rey David sintió esa soledad; y angustiado, clamaba a Dios para que fuera su refugio en momentos de angustia. Los Profetas de Dios también sufrieron el dolor del rechazo. Incluso Jesús experimentó la soledad cuando sus discípulos lo abandonaron.     

     Por eso, la Palabra Inspirada nos insta a vivir en comunión y ayuda mutua:

 "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos." Mateo 18:20   

     Tan importante es la compañía que Jesús envío a sus discípulos de dos en dos a evangelizar, asegurando así apoyo tanto espiritual como físico.

   El apóstol Pablo, en sus cartas, menciona las dificultades y la tribulación que enfrentó. Pero lejos de mostrarse como alguien desesperanzado, aislado o deprimido, siempre destacó la fortaleza que Dios le dio y la alegría de contar con amigos que lo apoyaron.  ¡Eran compañeros en el camino de la vida!  

     Por ese motivo, cuando les escribió a los cristianos que vivían en Filipos, les dijo que además de poner su confianza en Dios, reconocía que ellos habían estado a su lado y lo habían apoyado en los momentos más difíciles.

     Porque el verdadero compañerismo se trata de eso: estar con los demás en los buenos y malos momentos, ofreciendo ayuda y comprensión, y también permitiendo que otros nos acompañen cuando seamos nosotros quienes necesitamos de compañía.    

     En su doloroso camino al Gólgota, Jesús también recibió ayuda para cargar el pesado madero. Simón de Cirene tuvo compasión y acudió a su auxilio para alivianar su carga. De la misma manera, en algún momento de nuestra vida necesitaremos a alguien que nos extienda la mano con compasión. 

      Por eso, dejemos de lado el aislamiento voluntario. Dios nos da fuerzas para enfrentar cada situación y nos rodea de personas dispuestas a apoyarnos. ¡Celebremos la compañía de quienes nos aman! Aprendamos a ser buenos compañeros y a practicar la solidaridad.

    Recuerda: ¡la carga es más liviana cuando se comparte!

   ¡Dios los bendiga rica y abundantemente!

Frank Zorrilla