sábado, 11 de enero de 2025

“RESOLUCIONES VACÍAS EN UN MUNDO FRAGMENTADO: El Gran Engaño del Año Nuevo con Mucho Propósito y Poco Cambio.”


El cambio no depende del tiempo, sino del carácter

Resoluciones del Nuevo Año
Mis queridos amigos y hermanos,


     Cada inicio de año trae consigo una avalancha de resoluciones: metas nuevas, agendas limpias, promesas personales y expectativas renovadas. Para muchos, el cambio de calendario simboliza una nueva oportunidad para comenzar de nuevo: mejorar la salud, bajar de peso, emprender un negocio, progresar económicamente, dejar hábitos dañinos o reinventarse profesionalmente. Es como iniciar un nuevo ciclo en sus vidas tomando como línea de partida el nuevo periodo de meses repetitivos del almanaque, pero con un año distinto.
     Sin embargo, con el paso de los meses, la mayoría de estas resoluciones se diluyen. No porque sean malas en sí mismas, sino porque suelen estar ancladas en lo externo y no en la raíz del problema: la transformación interior del ser humano.
     "No es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho."Séneca.
     
Calendario Gregoriano
El ser humano tiende a atribuir al tiempo lo que en realidad depende de voluntad. El año cambia, pero el carácter permanece intacto. Esperamos que una fecha produzca lo que solo puede nacer de una decisión consciente.
     Nuestra percepción suele limitarse a lo visible y medible: éxito, reconocimiento, estatus, aceptación social. En otras palabras, centramos la vida en la relación individuo-sociedad, olvidando la dimensión espiritual y relacional profunda.
     Las resoluciones materiales— mejor salario, casa propia, cambios estéticos, acumulación de bienes— pueden ser legítimas, pero cuando se convierten en el eje de la existencia, alimentan el ego dentro de una cultura marcadamente individualista. 
     "El hombre se conquista a sí mismo cuando se vence a sí mismo."Marco Aurelio.
Hormigas trabajando colectivamente
      Vivimos en un mundo de cambios constantes, muchos de ellos inevitables. En contextos extremos, la incapacidad de transformarnos puede significar la diferencia entre la continuidad y la desaparición. No solo a nivel individual, sino colectivo.
     El ser humano, como parte de la creación divina, al organizarse en sociedades desarrolla inevitablemente tendencias de separación, comparación y competencia. Estas dinámicas fomentan un comportamiento egocéntrico que reduce los puntos de encuentro y debilita la convivencia.
     "Nadie se salva solo."Viktor Frankl
    Ahora bien, ¿Cómo podemos cambiar para bien propio y de los demás?... 
Propósitos someros de cada nuevo año
      El hombre, como parte de la gran creación de Dios, al reproducirse y conformar conglomerados sociales de diversos rasgos, genera de manera natural una tendencia dicotómica o segregacionista. Este segregacionismo, de naturaleza disonante, se propaga como un fractal que estimula un comportamiento egocéntrico, basado en la primacía del individuo o del grupo cerrado. 
     Partiendo de esa base, la interrelación entre dichos elementos unitarios o personas adopta un carácter egoísta y frívolo, donde la armonía solo resulta aceptable en ciertas intersecciones o puntos de coincidencia. Estas intersecciones se vuelven cada vez más escasos a medida que aumentan nuestro egoísmo y nuestra falta de tolerancia. Olvidamos que todos —sin excepción— pertenecemos al mismo Conjunto Universal: la humanidad
     Desafortunadamente, todos estamos expuestos a ser arrastrados por estados de ánimo que debilitan la unificación entre los conjuntos unitarios o unión. No ponemos en práctica el estoicismo, o la templanza, y como resultado, se resquebraja la gran red de conexión que nos une. 
Intersección de conjuntos unitarios
     Nos dispersamos por la influencia que ejerce la individualidad sustentada en las diferencias del entorno social. Olvidamos que, para realizarnos como personas racionales, necesitamos interactuar con el mundo racional que conforma nuestro entorno. La óptica individualista no sirve más que de obstáculo para ese propósito. 
     Porque, sin la existencia de los demás, la capacidad racional carece de sentido.
     El apóstol Pablo aborda esta realidad con una claridad sorprendente al describir la humanidad—y la iglesia— como un solo cuerpo compuesto por muchos miembros:

     “El cuerpo no es un solo miembro, sino muchos ... para que los miembros todos se preocupen los unos por los otros. De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra, todos los miembros se gocen con él.” (1Corintios 12:14-26). 

     Y concluye:

 “Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.” (1Corintios 12:27).

Una unión mancomunada
     Aquí se revela una verdad fundamental: la plenitud no se alcanza en el aislamiento; sino en la interdependencia.  
    Si deseamos un cambio real—no cosmético ni temporal— debemos replantear nuestras resoluciones. No se trata de agendas personales, sino de una renovación constante del carácter, conforme al modelo de Cristo
      Este tipo de transformación no espera un lunes, un mes nuevo o un año distinto. Requiere decisión diaria, voluntad consciente y entrega interior. Se logra haciendo cambios significativos diariamente en nuestro “Yo” interior, y mirando el modelo que representa la figura que deseamos ser.
     ¿Cómo se puede lograr esa excelencia de la que habla el apóstol?... 

     Jesús mismo definió el núcleo de su carácter con palabras simples pero radicales:
"Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallareis descanso para vuestras almas." (Mateo 11:29) 
     La mansedumbre y la humildad no son debilidad; son fortaleza bajo control. Constituyen la base de la conciencia humana y el reflejo más claro del carácter divino.
  •  MANSO: tranquilo, quieto, sosegado, apacible, benigno, manejable...
  • HUMILDE: modesto, obediente, sumiso, dócil, consciente de sus limites.

He aquí la ecuación de la excelencia espiritual:
 MANSEDUMBRE + HUMILDAD = Imagen de Cristo
     El llamado bíblico no es a resoluciones anuales, sino a una renovación diaria del ser:
Cuerpo de Cristo
“Vestíos, pues, como escogidos de Dios ... de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia... y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.” (Colosenses 3:12-14).
     El verdadero cambio no depende del calendario, sino del corazón dispuesto a transformarse.
     Que este nuevo año no sea solo una repetición de propósitos fallidos, sino una oportunidad para crecer en conciencia, carácter y amor. 
     Que nuestra mayor resolución sea parecernos cada día más a Cristo, no por costumbre religiosa, sino por convicción profunda.        
                   ¡Feliz y venturoso año 2026!
      
Que la gracia y las bendiciones de Dios te acompañen.

Frank Zorrilla







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