sábado, 7 de septiembre de 2019

LO QUE CREES QUE TE SOSTIENE...TE DETIENE: "Cortar la Cuerda para Comenzar a Confiar"


Mis queridos amigos y hermanos,

     No sé si alguna vez han escuchado el relato del alpinista solitario. Hoy quiero compartirla con ustedes, no como una simple historia, sino como un espejo del alma...

     -Cuenta el relato que un alpinista se preparó durante años para conquistar el Aconcagua, esa imponente montaña que se alza como símbolo de desafío y grandeza en el departamento de Las Heras, en la provincia de Mendoza, en el oeste de Argentina. Su anhelo de alcanzar la cima era tan profundo que, aun conociendo los riesgos, decidió emprender la travesía sin compañeros, buscando una gloria que no quería compartir.

     Comenzó  el ascenso con determinación. El día avanzaba, la luz se desvanecía, y aun así, en su prisa por llegar a la cumbre, ignoró la prudencia de detenerse. No acampó. No esperó. Siguió subiendo
. Pronto oscureció… La noche cayó con gran pesadez en la altura de la montaña y la niebla se cerró como un velo espeso, el viento golpeaba con furia la ladera, y la oscuridad se volvió absoluta. No había luna, no había estrellas... no había horizonte. Sus pasos comenzaron a vacilar; su equilibrio, a traicionarlo y su visión comenzó a volverse turbia. Ya no podía ver absolutamente nada. 

    
 Y entonces ces ocurrió. Subiendo por un acantilado, a solo 30 pies de la cima, este intrépido alpinista, resbaló y se desplomó por los aires. 

     Caía a una velocidad vertiginosa, y en esa caída libre, él sólo podía ver veloces manchas más oscuras que pasaban en la misma oscuridad y tenía la terrible sensación de ser succionado por la gravedad. Seguía cayendo...y en esos angustiantes momentos, pasaron por su mente todos los gratos y no tan gratos momentos de su vida, pensaba que iba a morir, pero de repente, un tirón violento detuvo su descenso. 


    
Como todo alpinista experimentado, había clavado estacas de seguridad con candados a una larguísima soga que lo amarraba de la cintura. 

     Ahora colgaba en el 
vacío, suspendido entre la vida y la muerte, rodeado de silencio y oscuridad. En esos momentos de quietud, suspendido por los aires sin ver absolutamente nada en medio de tanta incertidumbre, no le quedó más que clamar:

—¡Ayúdame Dios mío, ayúdame Dios mío!… 

    
De repente, en medio de la nada, una voz grave y profunda respondió a su desesperada súplica:
    — ¿QUÉ QUIERES QUE HAGA?…

Con desesperación, y en tono de angustia e inquietud respondió: 

—¡Sálvame, Dios mío! 

    
De forma diáfana y convincente, escucho nuevamente esa voz, pero esta vez preguntando con una certeza estimulante: 

—¿realmente crees que puedo salvarte?…

    — ¡Sí, Dios mío, en ti confío! — respondió, con voz temblorosa y con una fe que bailoteaba entre el miedo y la esperanza. Respuesta que era repetida varias veces en forma de eco por las montañas colindantes que eran testigos fieles de tan excitante plática…

     Entonces la voz dijo:

     —CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE.

    
El silencio se hizo eterno… 

     El alpinista se aferró a la cuerda con más fuerza. Su mente luchaba, su lógica gritaba, su miedo dominaba.

     ¿Cómo soltar aquello que lo mantenía con vida?

     Pasaban los segundos, minutos y horas, y los dedos del alpinista se aferraban con más y más tesón a esa cuerda. El frío se intensificó. Mientras la voz insistía una y otra vez: 

—“¡CONFIA EN MÍ... CORTA LA CUERDA QUE TE SOSTIENE!…

     Pero él no pudo.

     Al día siguiente, el equipo de rescate lo encontró sin vida, congelado, agarradas sus manos fuertemente a la cuerda de seguridad que lo sostenía… 
A TAN SOLO 6 PIES DEL SUELO...

     ¿Cuántas veces nosotros hacemos lo mismo?

     Nos aferramos con vehemencia y con fuerza a "cuerdas" que creemos seguras: relaciones, hábitos, pensamientos, certezas...estructuras que nos dan una ilusión de control, pero que no necesariamente nos sostienen en lo esencial.

     Las circunstancias nos aíslan y abruman hasta el punto de la inactividad, de la inercia y la pereza, dejando que esa voz interior sea cada vez más ininteligible, dando lugar a la duda y a la suspicacia. A nuestro entender, es mejor asirse fuertemente a algo seguro y fiable tangible. Algo que podemos ver con nuestros ojos físicos, mientras llega esa ayuda de socorro. Pero al poner nuestra confianza en las “cuerdas visibles”, perdemos las bendiciones, las oportunidades del mundo espiritual que sólo es posible mediante la fe. 

     Confiamos ciegamente en lo tangible, aunque no nos sane. Nos aferramos a lo conocido, aunque nos limite. Elegimos la aparente seguridad, aun cuando nos impide avanzar.

     Y en ese apego, dejamos de escuchar. Y esa voz interior— esa que guía, que intuye, que susurra verdad—se vuelve cada vez más tenue. La duda la opaca. El miedo la distorsiona.

     Desde pequeños aprendemos a confiar en lo que vemos, a desconfiar de lo invisible. Nos enseñan a no arriesgar, a no soltar, a no saltar sin garantías. Y así, poco a poco, reemplazamos la fe por el control. Es menester creer en la ilusión óptica que garantiza seguridad, en lugar de nuestras corazonadas e intuiciones. Aprendemos a temprana edad a conducirnos confiados en criterios subordinados a la esencia física de lo que captamos con nuestros sentidos corporales, de nunca arriesgarnos por lo que escapa a nuestra realidad condicionada, de aferrarse con fuerzas a esas cuerdas emocionales que garantizan estabilidad. Entonces, al actuar de acuerdo a esos patrones aprendidos de “duda” y “desconfianza”, dejamos de ser seres espirituales. Somos seres predecibles dependientes de la tangibilidad de las cosas, y por ende, seres parasitarios de circunstancias meramente cognitivas.

     Pero la fe no habita en el control. 
     La fe comienza donde termina la lógica.

“ La certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” … 

     Es caminar sin ver el camino completo. Es soltar, aun cuando no entendemos. Es confiar, aun cuando todo en nosotros tiembla.

     Imaginemos por un momento a un niño en el vientre de su madre, aferrado a su cordón umbilical por miedo al mundo exterior que le espera fuera del útero. Si pudiera decidir, tal vez no soltaría jamás... pero en ese aferrarse, perdería la vida que le espera.

     Hay cuerdas que, aunque parecen sostenernos, en realidad nos detienen.
   
    El salmista David, al igual que muchos hombres de fe, comprendían esta verdad. Su confianza no estaba en lo visible, sino en lo eterno: tenían plena confianza en ese Ser Todopoderoso. Ellos tenían la certeza y convicción de esa ayuda invisible, mucho más allá de sus razonamientos lógicos. 

·            “Cuando siento miedo, pongo en ti mi confianza.” (Salmos 56:3).

·            “Esta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que si pedimos conforme a su voluntad, él nos oye.” (1Juan 5.14)

·            “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas.”  (Proverbios 3:5-6).

·            “Pon en manos del Señor todas tus obras, y tus proyectos se cumplirán.” (Proverbios 16:3).

·            “Alzaré mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi socorro”- Mi socorro viene de Jehová que hizo los cielos y la tierra.” (Salmos 121:1-2).

·            “Dios es mi salvación y mi gloria; es la roca que me fortalece;¡mi refugio está en Dios!” (Salmos 62:7)

     Esa es la fe que transforma. No la que entiende todo, sino la que se rinde. No la que controla, sino la que entrega. No la que se aferra...sino la que suelta.

Hoy te pregunto, con el corazón abierto:

¿A qué cuerda estás aferrado?… ¿Te soltarías y actuarías por fe?...


     Tal vez sea un hábito que te limita. Una relación que te desgasta. Un pasado que no te deja avanzar. Un miedo que te paraliza.

     Sea lo que sea... si has escuchado esa voz interior llamándote a soltar, no la ignores. Porque a veces, el milagro no ocurre cuando nos sostenemos... sino cuando nos atrevemos a soltar.

     Que tengamos la valentía de confiar. Que tengamos la fe de soltar y que descubramos, en ese acto, que el suelo siempre estuvo más cerca de lo que pensábamos. 

     Como dijo el salmista David…


“El que habita al abrigo del Altísimo se acoge a la sombra del Todopoderoso. Diré yo al Señor: «Tú eres mi refugio, mi fortaleza, el Dios en quien confío ».” (Salmos 91:1-2).


¡Dios los bendiga y los guarde!

Frank Zorrilla


domingo, 18 de agosto de 2019

CAMINANDO ENTRE LAS PENUMBRAS DEL CRISTIANISMO

Mis queridos amigos y hermanos,
 
“Decir que eres cristiano porque vas a la Iglesia es como decir que eres hamburguesa porque vas a McDonalds”. — Keith Green.

     Aunque la cita de Keith Green tenga un matiz irónico y quizás una pizca de sarcasmo, lastimosamente son muchos los que adoptan el término “cristiano o cristiana” como un adjetivo calificativo para denotar que aceptan, creen y siguen una doctrina de fe basada en la filosofía de Jesús de Nazaret, pero muchas veces, no entienden a cabalidad el concepto o significado de profesar la creencia ejerciendo esa fe…

    Obviamos que llamarnos: “cristiano” o “seguidor de Cristo”, implica:“adoptar la filosofía de Cristo, copiar su carácter y poner en práctica sus enseñanzas”. Esto envuelve el dejar atrás nuestros razonamientos lógicos basados en teologías vacías, y cambiar nuestra visión del mundo a través de la óptica de Jesús de Nazaret.  La pregunta de lugar es: ¿Cómo identificar a un verdadero seguidor de Cristo?...
   
      El mismo Jesús nos dio pautas para seguir su ejemplo y adoptar su carácter, “Aprended de mi, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”(Mateo 11:29). Palabras que ya habían sido pronunciadas siglos atrás por el gran músico salmista David, para describir las condiciones que se necesitaban para alcanzar la misericordia y la piedad de Dios: “Bueno y recto es Jehová; encaminará a los humildes por el juicio, y enseñará a los mansos su carrera” (Salmo 25:8-9).

     Por otra parte, el apóstol Juan nos da referencia para ayudarnos a identificar a los verdaderos seguidores de Cristo. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él. El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”(1Juan 2:4-6)…¿A cuáles mandamientos se refiere el Apóstol; si Jesús no tenía sus propios mandamientos?...

      Al parecer, el apóstol Juan se refería a los mandamientos del “Padre”… Pero, ¿cómo nos podemos asegurar de esta aseveración?...

      Jesús enfatizó lo siguiente: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”(Juan 6:38). Entonces, sin lugar a dudas, el apóstol estaba refiriéndose a los mismos mandamientos que recibió Moisés en el Monte Sinaí. “Guardad, pues, todos los mandamientos que yo os prescribo hoy, para que seáis fortalecidos y sean prolongados los días sobre la tierra” (Deuteronomio 11:8).

     Son los mismos mandamientos eternos que el salmista David menciona cuando señaló: “Tú encargaste que sean muy guardados tus mandamientos”(Salmos 119:4). Mandamientos que Jesús subrayó como inalterables e indelebles… 

     “Empero más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que un ápice de la ley deje de cumplirse”(Lucas 16.17). Unos mandamientos creados a la perfección, como dijera el salmista: “La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma, los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran al corazón.”(Salmos 19:7-8), y como expuso el apóstol Juan en su primera carta, esos mandamientos, nos acercan a la grandeza de Dios para que nos cubra de su misericordia, de sus bendiciones, y nos de paz y regocijo espiritual para con nuestros semejantes: “Pues este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos y sus mandamientos no son gravosos”(1Juan 5:3). Así lo manifiesta el apóstol Pablo cuando dice: “Porque con el hombre interior, me deleito en la ley de Dios”(Romanos 7:22).

     Sin lugar a cuestionamientos, las enseñanzas de Jesús no son otra cosa que la puesta en práctica de los mandamientos de Dios a cabalidad. Diez mandamientos que según el mismo Jesús conforman dos grandes mandamientos: 1- Amar a Dios sobre todas las cosas, 2- Amar al prójimo como a ti mismo”(Mateo 22:37-39). Pero, ¿acaso Jesús cambió la esencia de los diez mandamientos de su Padre?... De ninguna manera; son los mismos mandamientos inviolables dados desde el principio. Cuatro Mandamientos para estar en comunión con Dios y seis mandamientos para vivir en comunión con nuestros semejantes.

     Echemos un vistazo a los 10 Mandamientos dados a Moisés.

1.        NO tendrás dioses ajenos delante de mí

2.        NO te harás imagen, ni te inclinarás a ellas, ni la honrarás; porque yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso y hago misericordia a los que aman y guardan mis mandamientos


3.        NO tomarás el nombre de Jehová tu Dios en vano; PORQUE no dará por inocente Jehová al que tomare su nombre en vano

4.        ACUÉRDATE del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás todas tus obras; más el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; NO hagas en él obra alguna. PORQUE en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas, y reposó el día séptimo; por tanto, Jehová bendijo y santificó el día de reposo
 
Los cuatro mandamientos que se han expuesto hasta ahora, fueron escritos con el dedo de Jehová y
dados a Moisés en tablas de piedra. Si ponemos atención a estos cuatro mandamientos, ellos nos dan la guía para tenerlo a él como Dios. Por lo tanto, si anulamos o menospreciamos cualquiera de esos mandamientos; menospreciamos la grandeza del Dios que servimos. Y de aquí la pregunta: ¿Cuál de estos cuatro mandamientos que mencioné te atreverías anular, quebrantar o menospreciar?
 


5.        HONRA a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra


6.        NO matarás

7.        NO cometerás adulterio

8.        NO hurtarás

9.        NO hablarás contra tu prójimo falso testimonio

10.      NO codiciarás las cosas de tu prójimo

     

Estos seis mandamientos de la ley de Dios, representan la solución perfecta para que el hombre viva en armonía con sus semejantes dentro de una sociedad civilizada, enmarcada en el respeto mutuo.
     Si analizamos profundamente desde el sexto mandamiento en adelante, encontraremos que en efecto; todos los problemas sociales que han existido desde los orígenes del hombre en sociedad, han sido por la violación de uno o más de estos mandamientos que Jehová Dios determinó como esenciales para la tranquilidad social entre seres semejantes. Y otra vez pregunto: ¿Cuál o cuáles de estos seis mandamientos que mencioné te atreverías anular, quebrantar o menospreciar?
     
     El mismo Jesús nos sugiere estar precavidos y no ser ingenuos; NO dejándonos engañar por falsos profetas que quieren confundirnos tergiversando la ley divina. “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis”(Mateo 7:15-16). Y reitera: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”(Juan 14:15).
 
     Terminaré este artículo haciendo cita del famoso sermón del monte predicado por el mismo hijo de Dios: “De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos pequeños y así enseñe a los hombres, será llamado pequeño en el reino de los cielos; más el que hiciese lo contrario, será llamado grande en el mismo reino”(Mateo 5:19).


 
¡Dios los bendiga y los guarde!


Frank Zorrilla