lunes, 9 de diciembre de 2013

“LA INSENSATEZ DEL HOMBRE” Y LOS DAÑOS IRREVERSIBLES A LA MADRE TIERRA.


Mis queridos amigos y hermanos,

          “Sujetada con cordeles invisibles. Como carruaje me transporto en un eterno viaje alrededor del universo; girando al compas de los tiempos y sincronizando armoniosamente con el resto de la creación.
  Fui elegida con gloria para sostener la vida. Obra de tus manos soy. ¡Tú me fundaste!
Estaba en oscuridad, más por tu palabra aparecieron las estrellas en el firmamento y el astro sol me ilumina con su resplandor.
Desordenada era mi condición, más fui lienzo de tus pinceladas para plasmar perfección. ¡Diseño tuyo soy!
Vacía y en soledad; más mis carencias supliste para albergar toda tu creación. ¡Soy producto de tus manos!
Tu poder, excelsa y grandiosa majestad se manifiestan en mí, con la opulencia de mis praderas, mares, ríos, lagos, montañas y valles.   
¡Soy el reflejo de tu inmensurable deidad!” 

Frank Zorrilla.

     Este poema representa a “la Tierra”; el hábitat que Dios diseñó y eligió para que sea nuestro hogar en el vasto universo. Un hogar dotado con todo lo necesario para que el hombre se sintiese a gusto en compañía con el Creador.

     Dios nombró al hombre mayordomo de su creación con el propósito de mantener todo en perfecto orden: “Tomó pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase.” (Génesis 2:15). Más sin embargo, el hombre se ha empeñado a través de los siglos en destruir sistemáticamente el único lugar en la vía láctea que hasta el momento posee todas las condiciones óptimas para conservar la vida.
     Metafórica o alegóricamente hablando, el hombre se ha convertido en un “Humanoide.” Un ser con características humanas, pero alejado de la creación divina; un ser egocéntrico desnaturalizado y desvirtuado que, devora todo a su paso. Un ser que, todo lo destruye por amor a su ego y afán de conquista. Sólo tenemos que echar una ojeada a los reportes científicos para apercibirnos de la continua y desmesurada destrucción de nuestros recursos naturales y de la contaminación del medio ambiente.
     Bien es sabido, que el hombre, al cambiar el balance de un ecosistema, cambia proporcionalmente todos los ecosistemas; irrumpiendo así, la cadena alimenticia de todos los seres que cohabitan el planeta; y por ende, el peligro inminente de una extinción masiva de diferentes especies, incluyendo al mismo hombre. La gran mayoría de ese desbalance se debe principalmente a la acción del hombre. Es decir: ¡El desbalance tiene rasgos antropogénicos a través de las diversas contaminaciones que éste produce!
     Entre los diversos tipos de polución, podemos mencionar:

  • La contaminación de la tierra por pesticidas.
  • La contaminación del aire por los desechos industriales e individuales (desechos orgánicos e inorgánicos).
  • La contaminación de la Atmósfera por los elementos químicos como los hidrocarburos y los elementos radioactivos.
  • La contaminación del agua por los desechos químicos de empresas y deficientes sistemas sanitarios.
  • La contaminación del medio ambiente por la súper población.
  • La contaminación auditiva por medio del ruido, etc.

     Lo más preocupante de las acciones del hombre son sus secuelas negativas. Me refiero a los efectos colaterales indeseables que son producto de la explotación irracional de los recursos naturales. Entre ellos se pueden mencionar: El tráfico y la quema de combustibles fósiles, y la minería. Prácticas que dejan en el aire que respiramos una cantidad de gases y partículas en suspensión que provocan enfermedades cardio-respiratorias como: Las complicaciones cardíacas, asma, cáncer del pulmón, enfisemas, etc.
     
     ¿Sabías que la mala calidad del aire, también afecta la economía?- ¡Claro que sí!, ya que influye en la seguridad alimentaria, los recursos hídricos y el desarrollo sostenible al dañar plantas, cultivos y ecosistemas. Esto sin olvidar la contaminación a los mantos acuíferos, debido al mal manejo de los desperdicios orgánicos (la basura).
     Con excepción de algunos escépticos e ingenuos, quienes no se percatan de los cambios drásticos que se están produciendo en todos los ecosistemas, y de personas inescrupulosas que manipulan la información con el sólo hecho de enriquecerse a expensas del daño ecológico que producen. ¡El problema ambientalista es muy preocupante! 

     La comunidad científica ha venido dando la voz de alerta ante esta inestable situación, pero es muy poco lo que se puede hacer si no mancomunamos esfuerzos para palearla.
      Lamentablemente, para "minimizar" (ya que hablar de “erradicar” sería una utopía) este problema medioambientalista, no existe una formula sencilla; el problema es mucho más complejo. Esto debido a factores tecno-culturales (desarrollo industrial) , geo-político (cabildeo) y socio-económico (escasos o inexistentes presupuestos económicos en ciertas regiones debido a su geografía).
     Es un hecho de que la extrema súper-población urbanística en ciertas regiones del mundo ha venido a influir categóricamente en el problema ambiental. Ya que como bien es sabido: “A mayor población, mayor contaminación y carencia de recursos básicos para subsistir.” Es decir: Esta problemática socio-ambientalista es directamente proporcional a la aglomeración del hombre en sociedad. 

     Pero, ¿Qué podemos hacer?... Esta es una situación que nos atañe a todos por igual, ya que todos somos afectados de una forma u otra por la destrucción de nuestro hábitat. Por lo tanto, a problemas mayores, soluciones radicales.

     Es necesario una mayor iniciativa y un esfuerzo unificado de parte de todas las instituciones gubernamentales, sociales y religiosas para desarrollar verdaderas campañas de concienciación a nivel de educación colectiva y promulgar leyes más severas para los que dañen nuestros recursos naturales.
     Nosotros, los que pregonamos y abogamos por una reconciliación con nuestro Creador; además de predicar las nuevas del Evangelio Eterno, debemos tomar la iniciativa de practicar una “mayordomía responsable”, siendo ejemplo dignificante en nuestros hogares, en nuestros lugares de empleo y ¿por qué no?, desde el púlpito de las Iglesias, con sermones y campañas juveniles para motivar a la feligresía en general a respetar la creación de Dios (nuestro planeta).
     Sin lugar a dudas, si nos llamamos hijos de Dios, somos: “Embajadores plenipotenciarios” de nuestro Señor Jesucristo y podemos servir de portavoces para conservar la vida en nuestro planeta Tierra.
     Recordemos, que todos seremos llamados ante Dios para rendir cuenta de nuestra mayordomía en el gran juicio contra las naciones, y el apóstol Juan, en su visión de los tiempos finales, es muy enfático al respecto: “Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas, a los santos, y a los temen tu nombre, a los pequeños y a los grandes, y para que destruyas a los que destruyen la tierra.” (Apocalipsis 11:18).
¡La gracia y las bendiciones de Dios sean contigo!

Frank Zorrilla









viernes, 6 de diciembre de 2013

ROMPAMOS LAS CADENAS: EL LLAMADO A LA LIBERTAD VERDADERA. ¿Qué Cadena Te Mantiene Esclavo?


Mis queridos amigos y hermanos,

"No hace falta cadenas para ser esclavo. A veces, el mayor cautiverio está en el alma."

     Cuando escuchamos o leemos la palabra “esclavitud”, ¿en qué pensamos? - 

     Probablemente en dolor, congoja, sufrimiento e injusticia. La esclavitud, en su sentido más crudo, ha sido una de las mayores afrentas a la dignidad humana. Legalmente se define como “la forma involuntaria de servidumbre absoluta”, es decir, una condición donde una persona es privada de su libertad y obligada a servir, sin el reconocimiento de sus derechos fundamentales. 
     En palabras simples: el esclavo es despojado de lo que le corresponde por nacimiento —su dignidad, su autonomía y su capacidad de decisión.
      Según el marco teórico jurisprudencial universal, el ser libre es uno de los derechos inalienables del ser humano. Libertad para pensar, para decidir, para expresar lo que siente y para actuar dentro del marco de una sociedad justa. Nadie nace para ser esclavo. Y nadie, en conciencia, debería entregarse voluntariamente a ninguna forma de esclavitud —ni física, ni emocional, ni espiritual. 
   En tiempos pasados, los esclavos eran tratados como  mercancía. Podían ser vendidos, intercambiados o utilizados como pago, todo bajo el amparo de leyes humanas que justificaban la deshumanización. Pero la esclavitud no es un fenómeno reciente ni aislado. Ha existido desde tiempos antiguos, vinculada a conquistas, poder adquisitivo, guerras y sometimiento económico. 
     Desde una mirada antropológica y sociológica, la esclavitud se manifiesta de dos formas: 
  •  La imposición directa, mediante la fuerza y en contra de la voluntad.
  •  La imposición subjetiva, ya sea de carácter moral o económica, donde alguien, por desesperación o presión, se vende a sí mismo o incluso a sus hijos para saldar deudas. 
     Hoy en día, aunque muchos países han abolido legalmente la esclavitud, ésta persiste en formas más sutiles pero igualmente destructivas. Nos convertimos en esclavos de hábitos, de emociones descontroladas, del consumo, del ego, del miedo, del rencor o de los vicios que erosionan nuestra voluntad.
      Y es que la esclavitud del alma es tan real y lacerante como la del cuerpo. 
     La Biblia, en su profunda sabiduría, no se limita a denunciar la esclavitud física. También nos advierte de la esclavitud interna — aquella que nos domina desde dentro y nos aparta de nuestro propósito divino.
     "Porque el que es vencido por alguno, es hecho esclavo del que lo venció." (2 Pedro 2:19)     
      Nos convertimos en esclavos cuando nuestras decisiones ya  no son libres, sino dictadas por impulsos incontrolables, deseos desordenados y emociones involuntarias. Cuando el pecado —cual perfume seductor— se adhiere a nuestra alma, nos engaña y nos atrapa. Perdemos entonces el dominio propio, renunciamos a nuestros principios, y como dice el proverbio bíblico:
     "El perro vuelve a su vómito, y la puerca lavada, a revolcarse en el cieno." (2 Pedro 2:22)
     Somos esclavos de nuestra mente cuando nos ata un hábito indeseado, cuando nos dejamos arrastrar de las actitudes pasionales que nublan nuestro dominio propio.
     "Las cadenas de la esclavitud solamente atan las manos: es la mente lo que hace al hombre libre o esclavo." Franz Grillparzer.
      Nos volvemos prisioneros de nuestras propias concupiscencias, arrastrando los pasos engrillados bajo la cadena invisible de un ilusionismo patético. Como escoria, se adhiere a nuestras vidas, atrapándonos con sutileza, como si fuésemos autómatas bajo un algoritmo cerebral.
     Una vez somos atrapados en esa condición servil, nos despojamos, paulatinamente, de todos los valores que anhelábamos poseer o sustentar. Somos esclavos de todo aquello que nos controla y somete, de todo aquello que se impone a nuestra voluntad y quebranta nuestros principios y valores. 

     “¿No sabéis que si se someten a alguien como ESCLAVOS para obedecerle, sois ESCLAVOS de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia?”  (Romanos 6:16).


   
     Los
deleites de la carne, se transforman en vicios y, mediante una ingeniosa estratagema, nos atrapan, secuestrando nuestro raciocinio con acciones compulsivas. Estas conductas —caracterizadas por una obsesión incontrolable— nos arrastran a una búsqueda vehemente de satisfacer deseos arraigados en nuestra memoria celular, alejándonos paulatinamente de nuestros verdaderos valores.

     Los apóstoles fueron muy claros al respecto. El apóstol Pedro nos advierte sobre los falsos libertadores que en realidad están encadenados por sus propios vicios. 
“Les prometen libertad, y son ellos mismos ESCLAVOS de corrupción. Porque el que es vencido por alguno es hecho ESCLAVO del que lo venció.” (2 Pedro 2:19).
     Y el apóstol Pablo, con honestidad conmovedora, confiesa su lucha interna:
     "Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago." (Romanos 7:15).

   
     Esta expresión del apóstol es un grito de desesperación ante un gravoso problema que no puede controlar.
      “Pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva como ESCLAVO a la ley del pecado que está en mis miembros.” (Romanos 7:23).     
     Él mismo se siente vendido al pecado, atrapado en una guerra interior que lo lleva a exclamar:
     "¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?"
 (Romanos 7:24)
     Pero la respuesta no tarda en llegar, clara y esperanzadora:
     “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro, pues ninguna condenación existe para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.” (Romanos 8:1).
     ¿Queremos seguir siendo esclavos del pecado, de la vanidad, del resentimiento, de las pasiones? ¿O queremos alcanzar la verdadera libertad, la que solo viene del Espíritu?
     La fe en Cristo nos ofrece una salida: una vida transformada, guiada por la justicia, la gracia y el amor. 
     “Ya no hay judío ni griego; no hay ESCLAVO ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos nosotros somos uno en Cristo Jesús. ” (Gálatas 3:28).   
     La esclavitud moderna no se desmantela con cadenas rotas, sino con corazones transformados. Con mentes renovadoras. Con una entrega consciente a la justicia de Dios.
      Desafortunadamente, todos, de alguna u otra forma, somos esclavos del miedo, del deseo o del orgullo...¿Y tú, querido lector, de qué necesitas liberarte?
  
¡La gracia y las bendiciones de Dios sean contigo!

Frank Zorrilla