martes, 1 de octubre de 2024

UN CONVENIO REMUNERADOR- "Pactando con Dios"


Mis queridos amigos y hermanos,


      El escritor Inglés, William Hazlitt escribió en uno de sus ensayos: "Una promesa es una palabra a la que continuamente se recurre por el sólo placer de quebrantarla." 
  
     Quizás la cita que acabas de leer te resulte muy tajante y al mismo tiempo, pienses que no se puede aplicar a todos en sentido generalizado, pero como es de conocimiento, las promesas del hombre son tan buenas como sus propósitos e intereses lo permitan. Son semejantes al viento, que se levanta de repente cuando menos se le espera, dejándonos estupefactos con la rapidez que se desvanece.

   Desafortunadamente, entre los seres
creados, es muy común ser víctimas o victimarios al romper ese compromiso moral que asumimos con otra persona o personas a través de la palabra para cumplir con una acción en concreto. Hacemos uso de nuestras cuerdas vocales para prometer, pero somos muy frágiles en deshonrar esa energía audible que sale de nuestro interior cuando la circunstancias no nos favorecen. 

       No obstante, podemos pensar que ese compromiso hablado no tiene la misma importancia que uno escrito, aludiendo que no existe una base tangible que avale la obligación contraída con nuestra promesa. ¡Cuán equivocado estamos!...

      Debemos comprender, que una promesa, es un "pacto." Un contrato verbal, que aunque no está escrito con tinta, y firmado por las partes involucradas, tiene el mismo significado y valor, ya que tiene carácter de juramento donde se anticipa veracidad o verdad absoluta. Por ende, está sujeto a las mismas condiciones legales dentro del marco jurídico.

  
       Como es bien sabido, existen distintos tipos de compromisos en el entramado social; ya sea este a nivel mercantil o a nivel emocional, es decir, entre amistades, entre familiares y entre cónyuges. Por ejemplo, la palabra dada para saldar una deuda, la promesa hecha por un amigo para no divulgar un secreto íntimo, o el compromiso moral de no defraudar el acto de fidelidad entre parejas que contraen matrimonio, pero también existe otro compromiso que no podemos pasar por desapercibido. Me refiero al tipo de promesa a nivel mental, o la que transmitimos  a través de nuestros pensamientos para con nosotros mismos; ya sea para dejar un mal hábito o quizás cambiar algún tipo de actividad o alcanzar una meta, y los pactos que hacemos para con nuestro Creador.


     Los pactos o promesas pueden ser condicionales o no. Un pacto condicional dependería de la fidelidad de una o ambas partes involucradas, el cual se invalidaría si una de las partes o ambas, rompen las condiciones, pero si es un compromiso moral y/o espiritual no condicional, es decir, si no es un acto de imposición, más un acto de elección, ¿por qué lo quebrantamos?...

     Son muchos los factores que pueden influir o inducir a que no seamos leales a la palabra dada. La lista puede ser larga, sin embargo, podemos nombrar entre los factores predominantes:
  1. La inmadurez a nivel consciencial
  2. El egoísmo
  3. Trastorno de la personalidad
  4. La escasez de valores espirituales. Entre otros factores. 
     El resultado de nuestro incumplimiento ya es muy conocido: litigios, confrontaciones, desencanto personal, tristeza, desconfianza, entre otras cosas...

     ¿Podría catalogarse el incumplimiento de una Promesa o Pacto cómo: "Una falta de consideración o irrespeto hacia la persona con la que hicimos el Pacto?...

     ¡Naturalmente que sí!... Esa persona depositó su confianza y creyó en acto de buena fe, y al no existir cumplimiento de la misma, se actúa irresponsablemente. Y más aún cuando sabemos de antemano que las promesas que hacemos, son solo palabras vacías. Es decir, cuando usamos la herramienta de la alevosía o  la intención de no cumplirlas. 

     Si no estás dispuesto a cumplir con dichas expectativas, entonces, de una forma asertiva no prometas nada que no estás dispuesto a cumplir porque nadie te obliga a hacerlo. "Lo importante no es lo que se promete, sino lo que se cumple."

       Todo lo contrario ocurre cuando recibimos promesas de Dios, porque "grandes y fieles, son todas las promesas que el Señor, Jesús nos ha dado a través de su Santa Palabra, La Biblia." 

     ¡Jehová es un Dios de "pacto." Es un Dios de convenios y promesas! 

     En efecto, los pactos son las formas como Dios se comunica con nosotros, nos redime y garantiza la vida eterna en Jesús. Esto lo hace debido a que un pacto es una promesa, y sus promesas no pueden ser quebrantadas debido a que descansan en su carácter puro e infinito. En Él podemos confiar plenamente, sin temor a ser decepcionados o defraudados. 

     "Reconoce, pues, que el SEÑOR tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda su pacto y su misericordia hasta mil generaciones con aquéllos que lo aman y guardan sus mandamientos." (Deuteronomio 7:9). 

     Como podemos observar en el versículo, éste es un pacto condicional, porque debemos amarlo y guardar sus mandamientos.

     En cambio,  Un pacto incondicional es una declaración sobre un propósito de una de las partes sin necesidad de condiciones. 

     Ese tipo de pacto fue el que hizo Dios con Noé, y lo podemos encontrar en el libro de Génesis."Este es mi pacto con ustedes: Nunca más serán exterminados los seres humanos por diluvio; nunca más habrá un diluvio que destruya la tierra." (Génesis 9:11). Este pacto incluía una señal de la fidelidad de Dios para guardarlo: el arcoíris. 

      Como podemos apreciar, No existe condición para el pacto. Lo más interesante es que, todos los pactos que describe la Biblia entre Dios y el hombre son siempre originados por Dios. Por lo tanto, esto demuestra la voluntad de su gracia para con el hombre caído. 

      Lastimosamente, hemos perdido tanto nuestra identidad de semejanza con el Creador que, ¡lo único que la gente cumple hoy día, son años,  en lugar de promesas!  y en conclusión, en lugar de pactar con hombres que deshonran sus palabras,  pactemos con Dios, quien es fiel a sus promesas, pero recordemos que, debemos ser leales y tener respeto para con el Creador. No prometamos algo que sabemos, no vamos a cumplir, porque una relación se rompe al compás de las promesas no cumplidas. En cambio, una relación se fortalece a través de promesas firmes. 

     ¡Una promesa tiene valor de eternidad!... Si prometemos algo, debe ser para siempre.

¡La gracia y las bendiciones de Dios sean contigo!


Frank Zorrilla










jueves, 25 de julio de 2024

CUANDO MUERE EL EGO, NACE EL ESPÍRITU: "Muere Hoy...y Empieza a Vivir de Verdad"

mis queridos amigos y hermanos,

    


Como dijera un proverbio:

“La muerte no es la mayor pérdida en la vida. La mayor pérdida es lo que muere dentro de nosotros mientras vivimos para ser mejores.”


     A lo largo de la historia, diversas culturas, mitologías y religiones han intentado explicar la naturaleza de la muerte física. No obstante, más allá de las creencias individuales, el hecho es que la muerte representa el final de la vida... al menos como la conocemos. La cruda realidad es que somos totalmente impotentes e incapaces de prevenir o suspender este proceso natural e irreversible. Todos, sin excepción,  morimos fisicamente o dejamos de existir en este plano tridimensional donde reside nuestra conciencia. 
    
     Sin embargo, este artículo no pretende centrarse en la muerte biológica. Más bien, en esa otra muerte que deberíamos procurar diariamente para vivir en plenitud. Aunque es cierto que el ser humano vive preocupado por la sombra de la muerte y el inevitable proceso de envejecimiento —que ninguna dieta, cuidado paliativo, ni rutina de ejercicios puede evitar por completo—, ya que no podemos detener el tiempo, y el envejecimiento celular es una realidad absoluta. Pero existe una muerte mucho más relevante para nuestra transformación interior: morir a la carne.   

     Como dijo Rabindranath Tagore: 

     “Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin.”

   

     Tristemente, muchas personas viven aferradas al temor de morir, sin darse cuenta de que ya han comenzado a morir por dentro. Postergan su plenitud, envueltos en banalidades y preocupaciones, por un atardecer que languidece en las sombras del crepúsculo, sin advertir la esperanza que trae la aurora de un nuevo día y la oportunidad de renacer espiritualmente con cada nuevo amanecer. Como canta la melódica estrofa de Pierre Billón y Jacques Revaux.

 

“De tanto correr por la vida sin freno,

       Me olvidé que la vida se vive un momento. 

De tanto querer ser en todo el primero,

 Me olvidé de vivir los detalles pequeños." 


  

      Vivimos agobiados por la rutina y los afanes del día a día. Nos angustia la muerte física —que es inevitable—, pero ignoramos que los pequeños detalles son los que le dan verdadero sentido a la vida y hacen la diferencia: agradecer cada amanecer, amar sin condiciones, ofrecer una sonrisa sin razón, dar sin esperar nada a cambio. Son esos momentos sublimes los que nos roban una sonrisa, esos minutos y segundos de pasión los que alimentan el alma y nos transforman en seres de luz para iluminar la vida de otros.
   
     Pero,  en lugar de transformarnos, seguimos aferrados a viejos hábitos, a heridas no sanadas, a patrones de conducta que empañan nuestro crecimiento espiritual.  Nos movemos por la vida agitadamente cargados de vivencia añejas llenas de agravios y desatinos de los años, sin abandonar con ahínco esos hábitos que empañan nuestras vidas. 

  

     Como hijos de desobediencia, somos seres empecinados en seguir directrices arraigadas como autómatas guiados por algoritmos obtusos y caducos que solo aportan miseria a nuestra existencia. Nos resistimos a morir a nuestro “yo”. Persistimos en estilos de vida que  nos anclan obstinada y míseramente a parámetros que marcaron nuestros corazones con la experiencia de vida que en lugar de acercarnos a la plenitud, nos atan a una existencia estéril.  ¡Qué paradoja tan grande!
Sabemos que no somos eternos, y sin embargo, postergamos la decisión de renacer. 

     Como si no supiéramos que el tiempo es corto y la oportunidad de cambiar es ahora.

  

     La Palabra Inspirada nos presenta una visión distinta de la muerte. Apóstoles como Pablo, Santiago y Pedro nos hablan de una muerte espiritual necesaria: “morir a la carne.”…

     El apóstol Pablo lo dice claramente:


      “Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán.” (Romanos 8:13).


     ¿Qué significa hacer “morir diariamente” las obras de la carne?…

    

     El Apóstol lo explica en su carta a los Gálatas:

 La inmoralidad sexual, el libertinaje, la idolatría y la hechicería, el odio, la discordia, los celos, los arrebatos de ira, las rivalidades, los sectarismos y la envidia, las borracheras, las orgías, entre otros, son desatinos o manifestaciones de la carne, y nos insta a abandonar esas pasiones y morir a ellas todos los días; advirtiéndonos además, que si no morimos o dejamos de practicar tales cosas, no heredaremos el Reino de Dios. En cambio, nos exhorta a emular y adoptar los frutos del Espíritu como: Amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio, porque no existe ley que condene a quienes actúen bajo esas bondades. 

    

     Para nuestra naturaleza caída, dejar las pasiones de la carne o lo que le agrada a la carne no es fácil. Se necesita más que buena voluntad: se necesita convicción, perseverancia y una conciencia elevada. Jesús mismo lo advirtió:

     “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.” (Mateo 26:41).


     ¿Acaso el apóstol Pablo aun siendo un hombre dedicado y ascético, no enfrentaba esta lucha con los deseos y pasiones de la carne?…

    

     ¡Desde luego que sí! El apóstol Pablo nos deja claro que no era exento a las debilidades de la carne y por eso aconsejaba que debemos morir diariamente a esas pasiones que nos alejan del Creador y nos conducen a la muerte eterna. 

     “Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago. Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.” (Romanos 7:19).     

     El apóstol, al ver esa ley en sus miembros, que se rebela contra la ley de su mente, y que lo lleva cautivo a la ley del pecado, con un clamor profundo exclama:

<¡Miserable de mí!… ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?> (Romanos 7:24)… 

     La respuesta llega a su mente cuando con júbilo exclama:

     “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro reconociendo que con la mente sirve a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado.” (Romanos 
7:24-25).

     Pablo comprendió que solo muriendo a sí mismo cada día podía experimentar la vida verdadera. Por eso escribió:
     
     "Os aseguro, hermanos, por la gloria que de vosotros tengo en nuestro Señor Jesucristo, que cada día muero." (1 Corintios 15:31)

     ¡Cuándo aprendamos a morir cada día a nuestras pasiones, egoísmos y resentimientos, renacerá  en nosotros un nuevo ser, hecho a la imagen de Cristo. Y entonces, comenzaremos a ver la vida con una mirada distinta, disfrutando y valorando esos detalles pequeños que antes pasaban desapercibidos! 

   

     No temamos a las arrugas que florecen sobre nuestra piel como un jardín, ni al paso del tiempo, ni el futuro incierto. Aprendamos a morir cada día a lo que no edifica, para vivir con autenticidad, plenitud y propósito.


¡La gracia y el favor del Altísimo sean con ustedes!


Frank Zorrilla