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jueves, 3 de octubre de 2013

“LA DELINCUENCIA JUVENIL”-UNA CRISIS DE ESTADO‏


Mis queridos amigos y hermanos,

       Abrimos los diarios y entre sus páginas, observamos imágenes trágicas con encabezados muy funestos. Escuchamos las noticias a través de los medios de difusión de masas, y somos asaltados por la misma trágica información que deprime nuestros sentidos.

     Evidentemente, vivimos en una sociedad hipermediatizada, donde todo acontecimiento es reproducido, ampliado y trabajado por los medios de comunicación buscando tocar las fibras más sensibles de su audiencia; por otro lado, escuchamos los discursos icónicos y lingüísticos que narran los hechos delictivos y la aparición de gravámenes sociales que se escapan de los poderes establecidos; cuestionando en parte, la eficacia y funcionamiento del Estado y de las instituciones encargadas de mantener la seguridad y la paz social.

     Las horripilantes noticias de Jóvenes que son abatidos en nuestras calles producto de la delincuencia, el pandillerismo y las gangas, es el menú de nuestra vida urbana concentrada en las grandes metrópolis. Pero, ¿Qué está pasando con nuestros jóvenes?, ¿porqué deciden tomar esos caminos? y ¿qué les impulsa a revelarse en contra de la sociedad organizada?...

     Podemos analizar la delincuencia juvenil desde varios aspectos, incluyendo los aspectos: Sociológico, Psicológico y Social, pero no necesariamente encontraremos la fórmula perfecta para erradicar la anti sociabilidad o la rebelión que impulsa a los jóvenes para delinquirse. El problema es más complejo; es un asunto intrincado que sigue un patrón perverso que exige un minucioso y profundo entendimiento del punto de vista espiritual, aunque claro está, no podemos descartar, que este tema tiene innegable trascendencia precisamente por sus aspectos sociales como psicológicos.

     Desde el punto de vista Sociológico, existen desde luego, aspectos jurídicos que la sociedad define como: “delincuencia”; y es cuando se transgrede las normas y reglas establecidas en la sociedad. Según los expertos en psicología, la transgresión de esas reglas no es tanto por fenómenos o criterios externos, sino más bien por diversos factores psíquicos que inciden a la delincuencia de los jóvenes.
     El primer factor es, la predisposición particular de la personalidad, o “delincuencia latente”; factor que se manifiesta en los primeros años del niño y su relación con su medio social y los padres o tutores. Es precisamente el vinculo social que existe con los padres o la falta de estos, lo que inciden de una forma transcendental en el carácter antisocial del niño. Los conflictos entre pareja, la disociación de un ambiente sano para su formación mental y la disfuncionalidad del hogar. Por otra parte, no podemos olvidar los factores sociales como: La pobreza, la inseguridad y el desdén de los padres en facilitar y aceptar cierto tipo de comportamiento, entre otros; los cuales pueden despertar gran ansiedad en el niño e interferir negativamente en su desarrollo emocional.

     El segundo factor, es la gravitación de las influencias sociales y familiares durante el periodo de latencia y adolescencia. Este segundo factor, es capaz de transformar la “delincuencia latente” en “delincuencia manifiesta”: “El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; más el que lo ama, desde temprano lo corrige” (Proverbios 13:24).

El tercer factor, es la transición de la adolescencia, debido a los conflictos de la edad que experimentan los jóvenes; ya sea por el arrastre patológico o la vulnerabilidad psicológica que ellos experimentan para inclinarse a la delincuencia; especialmente en la ausencia de uno de los padres, ya sea por abandono del hogar o
muerte: “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efesios 6:4).

     Si añadimos a estos tres factores psicológicos; otros factores sociales, como: Los fenómenos transculturales (películas que incitan a la inmoralidad y a las bajas pasiones, la música que a través de su lírica difunde odio y apatía por los valores morales, los video juegos con gran contenido de violencia), una escasa educación, el atrofiamiento mental debido a los efectos alucinógenos de las drogas y la indiferencia a los valores espirituales; obtendremos una amalgama de condiciones propicias para fomentar la aparición de jóvenes delincuentes que actúan como: “Drones antisociales”. Drones cuya energía es disipada a través de acciones delictivas sin importar en lo más mínimo la integridad humana.

     Como ya es sabido, la problemática de la delincuencia juvenil no es un asunto de país o región, es un asunto universal cuyas raíces están ineludiblemente ligadas al deterioro o abandono de la moral y de los principios cristianos durante la niñez o a temprana edad: “Instruye al niño en su camino y cuando sea viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6). Lastimosamente, este problema antisocial se ha convertido en una crisis de estado a niveles preocupantes, forzando a los gobernantes a la creación de más cárceles (a expensas de los contribuyentes), para menguar los índices de criminalidad. Pero, según las estadísticas, las cárceles no son la solución; porque el porcentaje de reincidencia es astronómico.

     ¡Debemos ser sensatos! No podemos cargar la totalidad de la culpa a los gobiernos de turno por la alta tasa de delincuencia juvenil, ni tampoco podemos esperar que en un cuatrienio se resuelva o desaparezca este problema a través de los operativos policiales; aunque, sabemos que el Estado, con el recurso económico a su disposición, puede crear instituciones que implementen mecanismos de prevención, orientación, educación y control; creando escuelas técnicas para fomentar la capacitación laborar y generar fuentes de empleo; al igual que poner mayor énfasis en los deportes o en actividades recreativas.


     ¿Y nosotros que hacemos?- ¿Quedarnos de brazos cruzados?- Este es un asunto que afecta a todos, y todos debemos colaborar para reducirlo a su mínima expresión. En nuestros vecindarios podemos formar pequeños grupos de orientación para instruir a los niños y adolecentes sobre el uso de las drogas y sus consecuencias, auspiciar eventos deportivos y servir de voluntarios para enseñar un deporte o un oficio. Se requiere la activa participación de las iglesias y sus membrecías (especialmente de los jóvenes), para desarrollar programas didácticos que puedan compartir con los jóvenes del vecindario, de la región y del país, porque así también podemos contribuir a hacer discípulos para el evangelio.


     Para el bien de la sociedad en general, se necesita hacer una campaña a nivel nacional, incluyendo las escuelas, logias, iglesias y entidades privadas para concienciar a los padres de familia a ser más responsables con sus vástagos, a los jóvenes adolescentes de las consecuencias funestas que produce la delincuencia juvenil y el crimen organizado. Al final, todos somos responsables por el bienestar de una nación, y todos tenemos parte de culpa al no actuar debida y eficazmente a combatir los males sociales.

     Como dijo el gran filósofo y escritor Jiddu Krishnamurti: “No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”.

     No es una un ilusionismo el decir que la sociedad está descalabrada, y que mientras más pasan los tiempos, más difícil será minimizar el crecimiento convulsivo que se genera en una sociedad en decadencia. Existen seres creciendo allí afuera, cultivados en el barro y el lodo, educándose en el más absoluto analfabetismo, diplomándose en las cárceles; y como un monstruo se abren paso en todos los rincones de las sociedades marginadas. Ese monstruo crece paulatinamente y será el fantasma que hará temblar a la sociedad organizada”.


     Es nuestro deber cooperar para producir cambios positivos que contribuyan a la estabilidad social del entorno donde vivimos; tanto para beneficio de nuestros hijos, como para los que conforman nuestro espacio. Debemos preguntarnos: ¿En qué puedo ayudar para concienciar a los jóvenes o contribuir a erradicar la delincuencia?


¡Que Dios los bendiga rica y abundantemente!



 Frank Zorrilla